miércoles, 27 de marzo de 2013

BOCA LLENA

Fotografía de Araminta Gálvez.

La luna se asoma por mi ventana y me confunde. Parece una naranja madura suspendida por mis ojos. 
Me mira silente, con su explosiva magia enamorándome a rabiar. Es la calma y la promesa, la compañía perfecta para la soledad.
 Los jazmines han salido a pasear con sus aromas desperdigados por los corredores de mi espíritu. 
Mis ojos no pueden ver más allá de las estrellas, pero con eso es suficiente para alimentarme el alma.
Crujen los pasos de la noche acompañados de murmullos, croares, guarda barrancos y almas perdidas.
Me desnudo de los miedos y viejos dolores Entonces llega la paz y me contiene entera.  Desgajo un pedazo de naranja y con lujuria lo coloco en mi boca llena.

27 de marzo 2013



SIN TÍ


Arropé con mis ojos tu silueta
desvanecida apenas en la tarde
arrebujando penas y un cometa
flotando por el viento sin alarde.

Te vi partir cayéndome a pedazos
al separar tu vida de la mía
de nuestro amor sintiendo los retazos
desvanecerse en medio de agonía.

Tú me dejaste hiriéndome de muerte
sin sospechar siquiera que mi vida
es barco sin orilla, sin presente,

que muero poco a poco consumida
que ya no tengo paz, que estoy sin suerte,

que ahora estoy sin ti, muy desvalida.

SOY UN ASTRO MALHERIDO



El sol se desvanece por el cielo
llevándose su brillo y su calor
quitándole a los pájaros el vuelo
y a mi cara borrándole el rubor.

Desisto de atraparlo entre mis ojos,
las nubes ya lo ocultan sin cesar,
de lilas los celajes se hacen rojos
y me entran muchas ganas de llorar.

Me pierdo en el silencio del olvido,
claudico con serena tempestad,
sintiéndome sin ti en un estallido

de ocaso devastado y aterido
que busca inconsolada su verdad,
soy náufrago y un astro mal herido.

17 de febrero de 2013

SEGURA DE TENER ALAS



la alondra olvidó volar
                                 y calló sus alas,
sus ojos picoteaban la calle        
 y la ventana...
el sol abrasó el otoño con rojos,
 alizarines y nostalgias verdes,
c
a
y
e
r
o
n
las miradas
sobre la luna de queso
que haraganeaba en el charco
y las ranas alfombraron
de croares el silencio.
retumbó 
una simulación de espejismos en el horizonte
y el olvido se presentó
vestido de ausencias,
yo arrimé la telaraña de tu risa
a mi guarida
apeñuscada de ninfas y carcajes
y cerré la luz,
detrás
de mis pestañas…
Septiembre 2012

SUICIDIO ROTO



Doblo las alas
y renuncio al vuelo,
ato fuertemente
los sueños
a la pata de mi cama,
y emprendo el camino hacia la muerte,
para enfrentarla.
Mira, le digo,
aquí estoy,
desnuda,
sin historia,
dispuesta a entregarme a ti.
Incondicional.
Me mira de los pies a la cabeza
y sin contemplaciones,
me devuelve de inmediato a la vida.

TERRITORIO TOMADO

Al sentir ese putrefacto olor, mezcla de desechos humanos y carne en descomposición, sentí la urgente necesidad de vaciar allí mismo la chuleta de cerdo y sus maravillosas grasas y el puré de papas degustado hacía no mucho. Ahora de nada servía el arrepentimiento por mi voracidad durante el almuerzo. Las arcadas se intensificaban y era casi inútil mi esfuerzo por contenerlas.
Dejé de respirar, desesperada para no sentir esa hedentina, obligué a mis pensamientos
                                                     a transportarme a otro lugar.
Las montañas delineadas en la distancia fueron mi salvación.

Las imaginé emborrachadas de trinos, frescura y semillas que en sus entrañas ocultaban bosques enteros.
Intuí su frescura y esa brutalidad de olores a tierra húmeda, descompuesta y configurada por millones de vidas minúsculas que morían y sobrevivían devorando y siendo devoradas.
El rocío, con sus caudales de brillos e iridiscencias, se posaba en el temblor de las hojas, al tiempo que el sudor irreverente se deslizaba hasta la división de mis pechos, estremeciendo mi soledad.
Relajé cada uno de los músculos y órganos de mi cuerpo.
Sentí las paredes de mis costillas abrazándome el corazón.
Escuché su ritmo de percusión mientras me drenaba la vida.
Tomé conciencia del estallido de ruidos secretos que abarrotaban mi abdomen.
Me identifiqué con la suavidad de líquidos que amortiguaban mis ojos defendiéndolos
del impacto de luz y color, que sin misericordia, constantemente me poseían.
Sentí la suavidad de mi sexo abierto a esas tenues palpitaciones
que lo aletargaban unas veces y otras lo hacían desfallecer.
Desesperada por la falta de oxígeno, en un acto de valor extremo y por no tener otra salida; me enfrenté abruptamente a la repulsión y al asco incontenible del putrefacto cadáver que yacía desnudo, invadido por pequeños fantasmas que ya habían colocado su bandera de podredumbre y que a fuerza de pestilencias y excrecencias, declaraban ese territorio como suyo.
EL CUERPO ESTABA TOMADO Y MI AMARGURA TAMBIÉN.
Lo observé aparentando seguridad, manipulando mis emociones y desviando los sentimientos hacia el rincón del intelecto y la cordura.
El amor aquí nada tenía que ver.


  • Ese hombre no podía ser el cuerpo al que me había abrazado pocos días atrás, aletargada y completamente desposeída de resistencias.
  • § Ese hombre no podía ser el mismo que me impregnó de su olor y de sus palabras exactas en el momento preciso.


  •  Ese hombre no podía ser el mismo que me arrancó la vida y que me la devolvió desbordada de placer y sensaciones.
Era imposible.
  Inconcebible                                                  Pero sin duda... Era ÉL.
Firmé la hoja de identificación y esta vez, no tuve que hacer ningún esfuerzo para imaginarme un mundo vivo, porque aunque te parezca irónico, vida mía, tu cuerpo, tu maravilloso cuerpo, ahora es lo más cercano a un bosque, en el que millones de vidas minúsculas te sobreviven...
devorándote…
Octubre 2012

¡YA NO MAS...!

El desgarramiento silenciaba la vida de sus pulmones ocupados en cuerpo y alma en atenuar los efectos del mísero aire que propulsaban. Los dolores instalados en cada resquicio de su cuerpo se intensificaban con cada respiración. La luz entraba con sigilo por sus ojos demudados por el sufrimiento.
Shopán ya no era suficiente para aplacarlo.
La morfina tampoco.
La insistencia de la vida de asirse a sus huesos y pellejos lo desbalanceaba. ¿Cómo resistirse a ella? ¿Cómo desprender su fragilidad de esa fuerza robusta, consistente y vital?
Los instantes perdieron la dimensión del tiempo y se hicieron eternos. Los días y las noches distanciaron su encuentro. Sus ojos extenuados hablaban a gritos pidiendo compasión. La incalculable hermosura de la vida era una carga demasiado pesada para las fuerzas que ya no le quedaban. Y la inmensa osadía de tragar una cucharada de sopa solo era comparable con escalar el monte Everest.
Maximiliano no quería, ni tenía fuerzas, ni motivos suficientes, para maldecir la hermosa vida que lo había sumergido por treinta y seis años en la sorpresa, el asombro, la lucha y la pasión. Se le entregó como un amante incondicional dispuesto siempre al descubrimiento, pero en este momento solo quería cerrar los ojos y abrazarla mientras se le desvanecía por el cuerpo.
La jeringa ya contenía su carga mortal.
Julián le demostró su incondicionalidad y la dejó al alcance de su mano.
Rogó porque su pulso no lo traicionara. Introdujo meticulosamente la aguja en el suero que hidrataba sus cañerías agotadas. En un desborde de osadía reunió las miserables fuerzas que le quedaban y presionó.
Las transparencias se encontraron y se refocilaron con la vida y con la muerte.
Una de las dos saldría vencedora.
El nocturno para piano de Shopán se impuso en el silencio de esa tarde lloviznada de sanates y no me olvides.  
Septiembre 2012

CASUALIDAD, LA TORTUGA MUSICAL

Chipichipi, chipichipi, decían las gotitas de agua al caer sobre los ríos, sobre las montañas y sobre la espaldita de Casualidad, que al igual que las demás tortugas caminaba paso a paso, despacito, sigilosa, cuidando de esconder su cabecita cada vez que una gota de agua intentaba estrellársele encima.
Pero las traviesas y redondas gotitas afinaron su puntería y le mojaron la cabeza y el cuello una y otra vez.
Entonces Casualidad empezó a estornudar con muchas ganas.
                           —Aaaaaahaaaaacskxiiiij  Aaaaaahaaaaacskxiiiij repetía con tanta fuerza que su caparazón estuvo a punto de salir volando por el esfuerzo que hacía.
—¡Salud! —Le dijeron los grillos que celebraban la lluvia con sus canciones nuevas.
—¡Dios te favorezca y la nariz no te crezca! —Le dijeron los elefantes que sabían muy bien de esas cosas.
—¡Dios te ampare y te proteja! —Le gritó una coneja que temblaba de frío bajo el árbol más grande y viejo del bosque.
Casualidad agradecía amablemente con gestos, con palabras y con estornudos los buenos deseos de sus vecinos y de sus vecinas.
Caminaba sintiéndose muy feliz de llevar su casa a todas partes.
Sentía que el mundo entero le pertenecía.
Dormía donde le agarraba la noche y cada día, al abrir las ventanitas que tenía en sus ojos, miraba un paisaje hermoso y diferente.
Cuando su espaldita se cansaba por el peso de su caparazón, se ponía panza arriba y movía sus patitas para que el aire y el sol le recorrieran y refrescaran el cuerpo. Entonces se sentía como nueva otra vez.
—¡Qué hermosa es la vida! —decía contoneando su colita de arriba para abajo, de abajo para arriba y de un lado para el otro.
Casualidad había nacido por casualidad en un nido que no era el suyo, por eso su mamá, cuando la vio por primera vez, le puso ese nombre.
Doña Gallina, cansada de empollar el único huevo que todavía le quedaba en el nido, mientras sus siete polluelos le picoteaban las patas exigiendo atención, casi se muere del susto cuando vio salir del cascarón una cabecita redonda y sin pico y sin plumas que la miraba con adoración y ternura.
Después del susto del primer momento, doña Gallina decidió que esa cosita diferente era tan hijo suyo como los demás.
Con delicadeza le quitó los pedazos de cascarón que tenía prendidos en el cuerpo y al hacerlo, se dio cuenta que tenía cuatro patitas en lugar de dos y que en lugar de plumas llevaba una concha dura en la espalda.
Feliz por tener un hijo tan amable, aunque fuera diferente, le picoteó con suavidad la cabecita para darle la bienvenida a este mundo y con mucha alegría llamó a sus otros hijitos.
—Vengan a conocer a Casualidad –les dijo.
Los bulliciosos pollitos corrieron a conocer a su hermanita pero Casualidad escondió la cabeza dentro de una cuevita que tenía en el cuerpo.
Los siete pollitos se quedaron quietos, con el pico abierto, sin pestañear, observando esa cuevita oscura donde esperaban que en cualquier momento apareciera otra vez Casualidad con sus ojitos brillantes.
Y cuando por fin salió, los siete piquitos se abalanzaron rápidamente hacia ella, pero Casualidad fue más rápida y a partir de entonces, siempre les ganó en el juego de las escondidas.
Así pasaron muchos días y muchos meses y algunos años y doña Gallina y sus ocho hijitos aprendieron entre juegos y consejos a quererse y respetarse sin importar sus diferencias.
Los pollitos le regalaban a Casualidad las más ricas lombrices que encontraban y mientras ella las saboreaba agradecida, sus hermanitos picoteaban su caparazón produciendo una resonancia de congas y tambores que ponía a bailar a todos los animalitos del bosque.
Pero su infancia ya se había quedado atrás. Y por un momento la lluvia se hizo más fuerte. El chipi chipi ya no era chipi chipi sino chiplock, chiplock y resonaba con fuerza en su espalda.
Casualidad no pudo dejar de pensar en su niñez y recordar que el sonido que ahora hacía la lluvia en su caparazón, era igualito a la música que años atrás hacían sus hermanitos picoteando sobre ella.
—No hay ninguna duda —pensó alegremente— aunque todas las criaturas seamos diferentes, el mundo nos pertenece a todos por igual y siempre valdrá la pena haber vivido.
El arco iris con sus siete colores, como si fuera una hamaca, se tendió de una montaña a la otra y el sol, como siempre sucede, se asomó desde las nubes a pintarlo todo con luz y color.
Julio de 2008

YO NO ME PUEDO MORIR

Morir, qué cosa estúpida, realmente no tiene sentido. Es inconcebible, es inexplicable…
¿Por qué razón tengo que morir? ¿Hay alguna justificación acaso? ¡Seguro que no la hay! Posiblemente se diga que porque estoy viejo. ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Acaso los robles no son más fuertes cuando están más viejos?
Y sonreía seguro de sí mismo.
Eran muchos los años que había impuesto su voluntad sobre el pueblo y sobre sí mismo. Todos le temían, todos lo respetaban, entonces… ¿Cómo era posible que se muriera?
No, definitivamente no. Morirse es señal de flaqueza, de debilidad y yo no pienso darles el gusto.
Y seguía viviendo fiel a su manera de pensar. Su corazón viejo y cansado no lo traicionaba. Seguían jalando juntos, a veces con dificultad pero jalando siempre.
Estaba viejo, en su cabello solo quedaba la nostalgia de la juventud y una enorme tristeza del color de la ceniza. La piel hacía tiempo que había perdido su lozanía y firmeza. Ahora estaba dividida por cientos de arrugas que le marcaban el cuerpo. El temblor incontrolable de sus miembros era su compañero constante, al igual que el insomnio que se aparecía en las largas noches de invierno y en las sofocantes del verano. Se aferraba a él, a sus pensamientos, a sus temores ocultos, recelosos, a sus remordimientos. El insomnio los alborotaba, los despertaba del fondo de su conciencia y los hacía aparecer en su memoria.
Hacía tiempo que le temía a la noche. Hacía tiempo que odiaba a la noche.
En sus sombras, pensaba receloso, se ocultan mis enemigos, están encubiertos por la negrura y son tan cobardes que no se atreven a darme la cara a la luz del día.
Entonces atizaba con fuerza sus remordimientos para que se escabulleran hasta lo más profundo, hasta lo insondable de su conciencia y el rencor y el odio incontrolable hacia los más débiles se alzaba poderoso, implacable, amedrentando incluso a la noche.
La lucha con la muerte había empezado hacía mucho tiempo y era incontenible. Ninguno de los dos daba tregua. A pesar de los lacerantes dolores que lo punzaban y lo penetraban hondo, él siempre encontraba tiempo para sonreír. Sus encías negruzcas dejaban ver dos o tres dientes, (triste recuerdo de su poderosa dentición). Reía con ironía, con sorna, con satisfacción.
Estos buitres, decía refiriéndose a sus familiares abriendo desmesuradamente los ojos salpicados de sangre no ven la hora de caer sobre mis despojos. Están expectantes, ansiosos. ¡Pero con las ganas se van a quedar!
Se sentía poderoso, invencible. Más aún, cuando veía rondar por su lecho sus cuerpos enflaquecidos. Eran tan flacos que  a través de sus vestiduras oscuras se descubría con facilidad la forma osea y desgarbada de sus esqueletos. Parecían sombras grotescas, caricaturizadas en una forma ridícula que se alargaba hacia lo alto. Las mejillas hundidas y las cuencas de los ojos formando dos lagos tristes, con una aureola de profundas ojeras, como un presagio de muerte. Avanzaban con paso vacilante por los corredores interminables del caserón, cargando en las entrañas un hambre de siglos y un deseo de liberarse de esa opresión.
Pero la esperanza se acobardaba ante la presencia y voz del amo y señor.
Con las ganas se van a quedar, repetía a gritos.
Y los humillaba y no tenía consideraciones con nadie. Solo su perro era merecedor de su afecto. Un afecto terrible y extraño. Para él mandaba traer  carne de la mejor calidad. Reunía en el comedor a toda su familia y ante las caras tristes y nostálgicas de comida, le daba al perro grandes pedazos de carne. El perro los engullía con fiereza, con avaricia, mientras el hambre se revolcaba en los estómagos de las sombras humanas que observaban silenciosas.
El viejo reía y reía, hasta hacer que el hambre se les escabullera para dejar lugar a un miedo extremo, resbaladizo y penetrante que les recorría por el cuerpo, estremeciéndoles los riñones hasta hacerlos desahogarse en una orina pálida que resbalaba por sus muslos magros. Al verlos orinarse de miedo se sentía omnipotente y seguro de su dominio.
Con un gesto brusco hacía que lo dejaran solo con el perro. Cerraba con candado la puerta, descolgaba una correa y un látigo. Amarraba al perro y con furia  empezaba a golpearlo una y otra vez, hasta hacerlo sangrar y hasta sentir que se había cobrado el precio que había gastado en la carne.
El perro  aullaba lastimosamente a cada latigazo despertando lástima en quienes lo escuchaban. Cuando terminaba de golpearlo, le acariciaba la cabeza y el perro lamía la mano que momentos antes lo había golpeado.
Estos se mueren de ganas de que me muera murmuraba convencido. ¡Pero qué va! La muerte no puede conmigo. Esa me tiene miedo y se carcajeaba con estruendo. Luego se quedaba callado y veía receloso hacia todas partes y continuaba murmurando. A veces la presiento vigilándome, expectante, queriendo meterme zancadilla. ¡Pero esperando se va a quedar la maldita porque no me voy a morir! ¡Yo soy omnipotente! ¡Soy invencible!
Se acostó queriendo conciliar el sueño. Su mente estaba convencida de que no moriría nunca, pero su corazón tuvo un descuido y la muerte se le acercó sigilosa hasta romper el frágil hilo que lo unía con la vida.
2008

martes, 26 de marzo de 2013

SOY

Soy tormenta de luz entre los ojos  
y palabras que construyen sin cesar                   
entre mayúsculas consignas de esperanzas 
y minúsculas certezas sin pagar…

Mi armadura es piel que enfrenta inviernos,
y veranos con póstumas miradas
cimbreando vuelos de nubes con sus velos
de apasionada y crasa tempestad…

Soy un nombre,
cosecha de sonidos, estruendos, murmullos y vacíos
con soplos de alas de aires,
tallado por mis padres, en roca abismal…

Soy serenidad de fortalezas, que al azar,
armaron mi estructura
modelándome el carácter
los sueños, la sonrisa y el hablar…

Acudo arrecha a mi cita con la vida
develando estrellas desoladas por nostalgias
de auroras debatidas con la noche
en la maravillosa tarea de vivir…

Avanzo con la risa desatada
dibujando el  asombro de los días todavía sin parir
y apilo entre mis huellas rutas pétreas
que guardo con afán, sin claudicar…

Soy golondrina con secuelas de veranos en las alas
y consignas sin barrotes
en mis horas trasnochadas,
soy  cortejo a la vida, soy cordura, soy herida…


 junio 2012

ABACKUS

Luego de leer cuanta bibliografía encontré acerca de los perros y sus características y razas, y temperamentos y tendencias, estaba lista para  comprar mi primer perro.  Desde siempre me recordaba cuidando las macotas de mis hermanos por una tendencia casi natural de mi personalidad.  Yo suplía sus irresponsabilidades y terminaba siempre alimentándolos, llevándolos al veterinario y llorando su muerte o sufrimiento.
Este era el momento largamente esperado. Había circulado mi casa, lo que me garantizaba su seguridad. Tenía una situación económica cómoda, lo que aseguraba  su alimentación y cuidado. Me había ido a vivir sola y necesitaba compañía. Definitivamente la confabulación estaba marcada por los astros y yo estaba de fiesta porque al fin tendría mi propio chucho.
Lo tenía decidido. Me compraría un cachorro Pastor Alemán, macho. El primer anuncio en el periódico me llenó de ilusión y durante mi hora de almuerzo me encaminé al criadero a conocerlo. Durante mi recorrido de unos diez kilómetros, recapitulé toda la información obtenida. Debía elegir el más alegre de la camada. El juguetón, el que tuviera ojos vivaces y sobre todo, no debía olvidarlo, debíamos sentir empatía uno por el otro.  Debíamos casi, enamorarnos.
La dueña del criadero antes de mostrarme los cachorros, me habló de la nobleza de la raza y la historia de campeones de los padres. Yo estaba obnubilada. Supongo que así debe sentirse una madre cuando espera que le lleven su bebé de la incubadora. Sabía que era el perfecto, así que cuando vi el perrito gris, en sentido figurado porque su color era canela, con la cola entre las patas, las orejas caídas, el pelo opaco y su paso inseguro persiguiendo a su hermanita, que sí era vivaz, que sí era hermosa y juguetona y con una personalidad bien definida, me sentí defraudada.

Le dije a la señora que visitaría otros criaderos porque no era lo que buscaba  y me dirigí a mi carro. Entonces algo sucedió.


Ese perrito gris, opaco y medio tonto, dejó de seguir a su hermanita y dirigiéndose decididamente a mí, puso su cabeza sobre mis piernas y mientras me miraba directamente me enamoró.
Ni siquiera lo pensé.  Extendí el dinero, recibí el certificado y sin medir las consecuencias, pues no llevaba, correa, ni comida, ni tenía donde dejarlo en la oficina, me encaminé con Abackus, hablándole de su nueva casa y de esa nueva vida que compartiríamos.


La transformación fue espectacular y mi chucho de igual forma que el patito feo del cuento, se convirtió en el perro más hermoso del mundo.  Me ha regalado diez años de su vida. Ya pinta canas y cuando me mira, sus ojos se vuelven jóvenes otra vez y no necesitamos hablar el mismo idioma, porque solo nos basta con mirarnos.

HERIDA DE VIDA

Con la anchura de las palabras te abracé y no me importó que el frío del tiempo incrustara sus agujas en mis huesos. Tampoco me importó ver cómo se cerraba la puerta del desaliento tras mi espalda.
La semilla cayó en tierra fértil.  Mi vientre se desbordó de vida, con sobresaltos,  mareos y ansiedad. 
   La esperanza torturó con insistencias la noche que se me engarrotó en el alma. Fue su verdugo hasta que la sintió crepitar en abandonos entregándose sin resistencia ante su brillo.        Entonces proyecté mi vigilia  hacia tu sombra pequeñita. 
           Mis tímpanos se abrieron a tu voz y desde siempre, en el subsuelo de los siglos siguió vibrando en mi memoria. 
               Corregí el rumbo de mis sentimientos, los dirigí hacia el abismo de tus ojos 
                                y me entregué a ellos de por vida. 

Palpitó la tierra bajo nuestros pies y nuestras raíces se encontraron en el destino. Sin karma, sin dolor, sin renuncia. Quedé acariciada por la serenidad de tus dedos pequeñitos afianzados a los míos. Anclados en mi puerto de por vida. 

Dibujo de Araminta Gálvez.
Lápiz sobre papel fotográfico
                               Era otoño.

                            Las hojas se enfrentaban a un suicidio irremediable. 

                                        Se desprendieron sin futuro y sin verdor. 
        Los muñones de las ramas desesperadas por su ausencia reventaron en brotes como pústulas en flor. 
                                     Heridos de vida… como yo de ti.


Marzo 2013

lunes, 25 de marzo de 2013

DESPUÉS DE LA TORMENTA NO SALIÓ EL SOL.

La amenaza era latente.
Las nubes corrían desenfrenadas por el cielo. Se agazapaban entre mis ojos temerosas de sí mismas.
El sol prefirió no ser testigo de la calamidad anunciada. Miró para otra parte.
El silencio retumbó en mi corazón. Los pájaros se atragantaron de premoniciones escondiéndose bajo sus alas.  El viento corría veloz buscando fugarse por cualquier horizonte desprevenido. El cielo estaba teñido de alertas. Las señales zigzagueaban contundentes hiriendo la oscuridad. El trueno se impuso brutal y desafiante en el silencio y desató el cáos. Resquebrajó el cielo que se desplomó en un aguacero consistente y despiadado que se ensañó sobre la fragilidad de las montañas que no aguantaron a beberlo. La corriente se les derramó río abajo, arrastrando piedras y pálpitos. Desbarató sueños,  techos y sembró pesadillas. Arrancó los cimientos como plumas  dejando caer las sombras de la desolación.
Cuando la calma llegó no encontró sosiego, solo cifras de muertos y desaparecidos.
Marzo 2013.

lunes, 18 de marzo de 2013

LEVANTE CON LOS OJOS EL VUELO


.Abrí la vida con los ojos depositados en el asombro.
La luna me      bañó con su luz… descorrió mi risa… y reconoció las líneas de mis manos.
Me arrullaron las hormigas con sus zancadas de urgencias trotando por la maleza.
Los pájaros cayeron al suelo suspendidos por sus alas.
Los levanté con mis ojos y volvieron a caer.
Estalló la ausencia por doquier.
Los sueños asaltaron mis rincones con desconciertos y promesas.
Aprisioné mi vida con el índice y el pulgar y dejé que los aguaceros me acariciaran el cuerpo.
Puse chocolate en la punta de mi nariz y saboree las madureces de las frutas.
Era invierno. El sol se afanaba en sabotear a la lluvia con chispazos de arco iris. Y el escándalo de reflejos se bebió a sorbos la humedad.

Encendí entonces la luna y surgí como Ave Fénix de entre las cenizas de mi historia. Me conté las costillas y no me faltó ninguna. Se renovó entonces la palabra en la boca del destino, mi vientre creció contra todos los pronósticos y la vida se me desgranó prodigiosa por el cuerpo.

miércoles, 13 de marzo de 2013

TRATA DE BLANCAS

Lira está desnuda y es vulnerable a las miradas que, como parvadas de cuervos, aterrizan en su ombligo untándola de escarnio y vergüenza.
Siente sus nalgas heridas por el sondeo lujurioso de esos ojos que la hurgan a distancia todavía.
Sus pechos, casi púberes, están alzados en franca protesta ante la insistente y acuciosa  búsqueda de asquerosa autosatisfacción.
Su pubis palpita indefenso ante la amenaza de esos ojos sagaces y maldicientes que destilan lujuria y deseo.
Siente la humedad de sus lágrimas recorriéndole el cuello y escucha la ensordecedora crepitación de sus gritos salvajes y desesperados, enmudecidos por el terror.
Está a su merced y lo sabe, y no encuentra un rasgo de humanidad donde anclarse.
                   ¿Dónde salvarse?                                                                        
Su virginidad, guardada celosamente, es ahora el motivo que la cotiza alto y es la única razón que por el momento evita que esas hienas humanas se le echen encima para saciar su gula.
Se siente un objeto pero se resiste a aceptarlo.
Apela a sus principios y a esa moral enseñada por su padre, tan guardada en su corazón y se esfuerza para volar y evadir esa sensación de sentirse observada y ultrajada, como si fuera un trozo de carne colgando en una carnicería, o una piedra preciosa expuesta en un estante. Da igual.

La subasta está por empezar.
Los hombres se acercan amenazando con tocarla pero se contienen.
Sus manos (las de Lira) no alcanzan para cubrir su desnudez.
Su rabia claudica ante el miedo y la vergüenza.
Se resiste a vivir y silenciosamente pide un milagro.
¡Que se abra la tierra y se la trague allí mismo!
Pero los milagros no siempre aparecen cuando se les necesita y hoy en su lugar, las exorbitantes sumas se suceden una a una sin cesar.
Los postores pujan
El subastador levanta el martillo que como un péndulo imperioso se detiene una fracción de segundo en el aire antes de que el vendedor diga con tono de triunfo la maldita palabra…
¡Vendida!...


Y ENGAÑÓ HASTA AL MISMO DIOS

Siria tenía actitud y unas enormes ganas de cantar. Cuando dejaba de intentarlo su garganta le dolía y las canciones se le acumulaban en fila impidiendo su desahucio. Y entonces cantaba a boca de jarro. Sin tapujos. Sin vergüenzas.
Pero Siria no tenía ritmo en la voz, ni en el camino, ni en la forma de aplaudir, ni siquiera en la manera de masticarse la vida. Iba desentonando siempre con todo y con todos. Incluso su corazón la traicionaba y a veces hasta se olvidaba de repartir la sangre por su cuerpo y otras veces se le derramaba en cascadas de brutal rubor y se ponía colorada como un jocote  jugoso.

Siria sentía que desentonaba en desenfrenos. Siempre estaba fuera de lugar. Pero aún así, a contracorriente, suspiraba y se inventaba un ritmo propio. Aprendió a cantar sin cantar y cosa sorprendente, se las agenció para ser parte del Coro de la Iglesia y engañó a todos, hasta al mismito Dios. Movía la boca con una precisión envidiable y acallaba los sonidos sin piedad. Nunca desentonó. Nunca fue motivo de un llamado de atención y a decir del director, Siria cantaba como los propios ángeles. Y superó el desarrollo como la mejor, sin desentonos, sin gallos, sin sonidos.

Y en las fiestas, Siria era en sí misma una fiesta. Siempre estaba en el clímax de la alegría. En la cúspide de la felicidad.

Cuando Siria murió llegaron mundos de gente a su entierro y el silencio les dolía en los oídos y su ausencia se hacía dolorosamente presente. Parecía que la fiesta y la alegría habían muerto con ella y nunca nadie se entero que a la tumba también se había llevado su secreto mejor guardado.
Siria era muda.



Marzo 2013.



DESVARIO





Maura quiere llorar y no puede. Los desiertos de sus ojos enormes y demasiado bellos no ofrecen un oasis par su desolación.
La vida pasa a su lado sin rozarla. No se inmuta ante el embate inconsecuente del tiempo que marca su piel.

Un reloj inexacto arraigado en su pecho, PULSA. Una palabra apenas se negó a salir de su voz.

Maura dulcifica con su llanto la tragedia. La amargura le pinta la tez. Hace estragos en su risa arrinconada en el abandono. CrUjen sus huesos ante el amor que se fue. Que no llamó nunca. Que le desdibujó con olvidos el beso.

Ahora tiene sus manos LLENAS de soledad.

Le atosiga la amargura en cada fibra de su piel. El mar encalla en su mirada y nubla con olas su ser y su desesperanza le abruma el corazón.

No hay un faro...

No hay ventanas...

No hay salida.

 A Maura solo le queda el DESVARÍO.


RULETA RUSA

Los goterones transparentes caían de la ducha prominentes y abundantes, envolviéndole el cuerpo de frescura. Con el jabón masajeó tenazmente sus piernas, abdomen y nalgas, confirmando que el tono muscular estaba intacto. Se enjabonó con afán las axilas y la nuca y se detuvo largamente en el torso amplio y poblado con vellos rizados que cubrían sus tetillas. Su miembro, desatendido por un largo momento, dobló la cerviz, alicaído, sintiéndose suplantado por otros quehaceres menos satisfactorios. Del glande rosado y jugoso brotaba un hilillo de agua que en su recorrido precipitado e incontenible hacia el alcantarillado, reflejaba los pescaditos azules y naranjas que pringaban la cortina.
Su cuerpo, el de ella, se relamió de placer en las honduras burbujeantes del jacuzzi. Sus manos tenían la independencia y sabiduría necesaria para encontrar y redescubrir en su cuerpo, cada una de las esquinas del placer. Su clítoris se entregaba complaciente y complacido a sus dedos, como un botón buscando ser soltado del ojal para explayarse en sensaciones mortales y benditas.  Los ojos cerrados. La luz tenue. Los aceites aromáticos lubricando sus sentidos. El cuerpo aletargado de espasmos y sacudidas provocadas diestramente por sus manos y evocadas y multiplicadas por sus deseos incontenibles al compás de Haydn rebalsando los silencios y todos sus sentidos, con su piano.

Salió de la ducha goteando y encharcando el parqué. Se secó con esmero la entrepierna congraciándose de nuevo con su pene que empezó a llenar sus venas con una sangre feliz. La maravillosa posibilidad quedó solo en conato. Secó su cabello y axilas y en un gesto de pudor inusual, envolvió la toalla alrededor de su cintura mientras bailaba salsa acompañado de Juan Luis Guerra y su pecera. Con el desborde de movimientos las últimas gotas de agua saltaron alegremente de sus cabellos. Frotó con pasión sus pies, poniendo especial atención en el medio de sus dedos. Pese a todo, una felicidad indescifrable lo abarcó rebalsando sus sentidos.

Apagó la última vela y mientras el jacuzzi se vaciaba con un ronroneo de espuma, sintió que ella también se vaciaba de olvido y soledad. Su cuerpo, con desmayo y lasitud por el agua caliente y los orgasmos continuados, se renovó con energía y disponibilidad, gracias a la certeza del inminente encuentro que le permitiría sustituir de una vez por todas, el frío e impersonal consolador, por un trozo de carne firme, vital, erecto, prometedor, complaciente y cumplidor. Salió desnuda, y parándose sobre una toalla esperó que el agua escurriera por su cuerpo. Al ver sus pechos pequeños y turgentes y el pubis enmontañado con vellos dorados adornados con minúsculas gotitas, deseó hacer el trabajo manual otra vez, pero se contuvo, enfocando su atención en el cepillado puntual de su cabello.

Vestido con la elegancia y comodidad que lo caracterizaban, sacó la billetera de su cazadora para corroborar su contenido. Documentos de identificación, dinero en efectivo, tarjetas de crédito, licencia de conducir, llaves del coche y del apartamento, preservativos, mentas… Revisó ante el espejo su apariencia y el resultado fue gratificante a sus ojos.  Sin pecar de narcisista tenía la certeza que era un tipo irresistible para la mayoría de las mujeres y para muchos hombres también. Todo parecía perfecto y prometedor.  —La vida es corta y una cogida de cuando en cuando no le cae mal a nadie, -pensó sonriendo mientras le daba una rápida mirada a su apartamento antes de salir a encontrarse con Nerea.

Amorosamente desempacó el precioso conjunto de tanga y brassier comprado expresamente  para su encuentro de esta noche. Se puso la tanga pensando solo en el momento en que Fausto se la quitaría y comprobó que le quedaba regia, a pesar de que con ella se sentía desnuda. Esto no le importó. Quería desinhibirse y actuar sin conservadurismos. Ajustó los tirantes del brassier y cuando se vio al espejo se encontró atractiva y sensual. Se metió dentro del vestido de un rojo naranja intenso, de corte simple, sin mangas y con un zíper largo y fácil de maniobrar. Revisó minuciosamente sus piernas  comprobando la perfecta depilación. Las medias le quedaron como una segunda piel y al sujetarlas con las ligas se sintió prostituida y feliz. Sonrió tratando de aplacar su ansiedad. Adornó sus orejas con los amuletos para su buena suerte, los zarcillos de jade con figura de delfín y con discreción perfumó sus zonas erógenas que en pocos minutos estarían desbocadas.

Antes de cerrar la puerta, los ojos de Fausto repararon en los frascos de combinaciones de antirretrovirales, que como un imán mortal, lo atrajeron desde la mesita auxiliar de la sala. Un rictus indescifrable cambió su expresión. Con un gesto decidido abrió la billetera, sacó los preservativos y los tiró con desprecio sobre el sofá.

—La carne con carne sin emplasticar es mucho más sabrosa, -dijo con una sonrisa torcida y agregó con un tono hueco y sarcástico -, el sexo es como la ruleta rusa, o la contagio... o la embarazo... o tiene suerte y del gozo no pasa.

Un excitante aroma de Lacoste embargó el elevador en el que Fausto se conducía al quinto piso. En su apartamento Nerea se doblegaba como una flor ante la espera.

Araminta Gálvez

Junio 2012