miércoles, 27 de marzo de 2013

CASUALIDAD, LA TORTUGA MUSICAL

Chipichipi, chipichipi, decían las gotitas de agua al caer sobre los ríos, sobre las montañas y sobre la espaldita de Casualidad, que al igual que las demás tortugas caminaba paso a paso, despacito, sigilosa, cuidando de esconder su cabecita cada vez que una gota de agua intentaba estrellársele encima.
Pero las traviesas y redondas gotitas afinaron su puntería y le mojaron la cabeza y el cuello una y otra vez.
Entonces Casualidad empezó a estornudar con muchas ganas.
                           —Aaaaaahaaaaacskxiiiij  Aaaaaahaaaaacskxiiiij repetía con tanta fuerza que su caparazón estuvo a punto de salir volando por el esfuerzo que hacía.
—¡Salud! —Le dijeron los grillos que celebraban la lluvia con sus canciones nuevas.
—¡Dios te favorezca y la nariz no te crezca! —Le dijeron los elefantes que sabían muy bien de esas cosas.
—¡Dios te ampare y te proteja! —Le gritó una coneja que temblaba de frío bajo el árbol más grande y viejo del bosque.
Casualidad agradecía amablemente con gestos, con palabras y con estornudos los buenos deseos de sus vecinos y de sus vecinas.
Caminaba sintiéndose muy feliz de llevar su casa a todas partes.
Sentía que el mundo entero le pertenecía.
Dormía donde le agarraba la noche y cada día, al abrir las ventanitas que tenía en sus ojos, miraba un paisaje hermoso y diferente.
Cuando su espaldita se cansaba por el peso de su caparazón, se ponía panza arriba y movía sus patitas para que el aire y el sol le recorrieran y refrescaran el cuerpo. Entonces se sentía como nueva otra vez.
—¡Qué hermosa es la vida! —decía contoneando su colita de arriba para abajo, de abajo para arriba y de un lado para el otro.
Casualidad había nacido por casualidad en un nido que no era el suyo, por eso su mamá, cuando la vio por primera vez, le puso ese nombre.
Doña Gallina, cansada de empollar el único huevo que todavía le quedaba en el nido, mientras sus siete polluelos le picoteaban las patas exigiendo atención, casi se muere del susto cuando vio salir del cascarón una cabecita redonda y sin pico y sin plumas que la miraba con adoración y ternura.
Después del susto del primer momento, doña Gallina decidió que esa cosita diferente era tan hijo suyo como los demás.
Con delicadeza le quitó los pedazos de cascarón que tenía prendidos en el cuerpo y al hacerlo, se dio cuenta que tenía cuatro patitas en lugar de dos y que en lugar de plumas llevaba una concha dura en la espalda.
Feliz por tener un hijo tan amable, aunque fuera diferente, le picoteó con suavidad la cabecita para darle la bienvenida a este mundo y con mucha alegría llamó a sus otros hijitos.
—Vengan a conocer a Casualidad –les dijo.
Los bulliciosos pollitos corrieron a conocer a su hermanita pero Casualidad escondió la cabeza dentro de una cuevita que tenía en el cuerpo.
Los siete pollitos se quedaron quietos, con el pico abierto, sin pestañear, observando esa cuevita oscura donde esperaban que en cualquier momento apareciera otra vez Casualidad con sus ojitos brillantes.
Y cuando por fin salió, los siete piquitos se abalanzaron rápidamente hacia ella, pero Casualidad fue más rápida y a partir de entonces, siempre les ganó en el juego de las escondidas.
Así pasaron muchos días y muchos meses y algunos años y doña Gallina y sus ocho hijitos aprendieron entre juegos y consejos a quererse y respetarse sin importar sus diferencias.
Los pollitos le regalaban a Casualidad las más ricas lombrices que encontraban y mientras ella las saboreaba agradecida, sus hermanitos picoteaban su caparazón produciendo una resonancia de congas y tambores que ponía a bailar a todos los animalitos del bosque.
Pero su infancia ya se había quedado atrás. Y por un momento la lluvia se hizo más fuerte. El chipi chipi ya no era chipi chipi sino chiplock, chiplock y resonaba con fuerza en su espalda.
Casualidad no pudo dejar de pensar en su niñez y recordar que el sonido que ahora hacía la lluvia en su caparazón, era igualito a la música que años atrás hacían sus hermanitos picoteando sobre ella.
—No hay ninguna duda —pensó alegremente— aunque todas las criaturas seamos diferentes, el mundo nos pertenece a todos por igual y siempre valdrá la pena haber vivido.
El arco iris con sus siete colores, como si fuera una hamaca, se tendió de una montaña a la otra y el sol, como siempre sucede, se asomó desde las nubes a pintarlo todo con luz y color.
Julio de 2008