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martes, 2 de febrero de 2016

SIN UNA LUZ

Fotografía: Araminta Gálvez.
Se detuvo frente a  la puerta. En seco.

Era de roble macizo. Añosa. Imponente. Una puerta batallón. Casi infranqueable.

Los murmullos se fugaban por las rendijas y llegaban hasta sus oídos.

Le golpeaban el corazón.

Si tan solo no hubiera despertado esa mañana con un presentimiento. Si no fuera viernes 13. Si ese maldito gato no se le hubiera atravesado en el pensamiento.

Pero claro, estaba allí. Fiel a sus presagios. Con el miedo atravesado en la caja del pecho. Sin una luz que lo salvara de su oscuridad.

Ahora ya solo le quedaba una certeza.

Definitivamente hoy, tampoco podría declararle su amor. 

domingo, 24 de enero de 2016

NO HUBO PALABRAS

Se acercó con sigilo para no alertarla, pero su aliento a ginebra se le adelantó. Mariana se tensó, pero no dejó de planchar la camisa.  Una y otra vez pasó la cara caliente de la plancha tratando de terminar con las arrugas invisibles.

Julián se detuvo a pocos centímetro de ella. Se desabotonó la bragueta. Levantó la falda de popelina de la mujer. La abrazó por la cintura y con el miembro erguido arremetió por entre la ropa interior y la penetró sin ningún preámbulo.

Mariana se mordió los labios para no gritar. El dolor era intenso y sangrante.

No hubo palabras. No hubo resistencias ni jadeos. Solo posesión, solo imposición.

El acto fue rápido pero el dolor le duraría toda la noche y seguramente todo el día siguiente.

Como tal cosa, Julián se metió la camisa dentro del pantalón y cerró su bragueta. Caminó hasta la cocina y destapó la olla que estaba sobre la hornilla. Agarró una cuchara, y durante un buen rato estuvo con la cuchara de la olla a la boca.


Mariana terminó de planchar la camisa. Debía ir por los niños a la escuela. No tenía tiempo para llorar. Mañana, con un poco de suerte, tendría tal vez, un mejor día.

martes, 12 de agosto de 2014

LA FOTO VIEJA

Desde la estantería de ciprés, la imagen de la fotografía descolorida me observa. Siento sus ojos persiguiéndome con insistencia por toda la habitación. 
Es el único recuerdo que me queda de papá y cuando la veo, no puedo diferenciar con exactitud cuál de las dos es más vieja, si la foto o su cara. 
Es una fotografía antigua, en sepia, de papel grueso y quebradizo, con manchas oscuras de antiguas humedades que se funden con el follaje de los dos cedros que papá tiene a sus espaldas. 
La cara de papá está surcada de caminos profundos que vienen y van por su frente, por sus cachetes y su cuello. 
Todos los días, mientras envejezco,  me quedo largo rato frente a ella para encontrar la ternura en sus ojos inyectados de sangre y miel. En su sonrisa encuentro todavía ese rictus de consuelo que siempre me acompaña. No obstante, tengo miedo que con el paso del tiempo se decolore más su imagen y se borre del papel, como de mi recuerdo.

lunes, 12 de mayo de 2014

FRENTE AL PELOTÓN DE FUSILAMIENTO



Frente al televisor, Julián coloca amorosamente el revólver sobre la mesa auxiliar. 
Agarra un puñado de almendras, las deposita en su boca y las mastica sistemáticamente. 
Toma un trago de cerveza y se congratula por no estar en lugar del hombre que van a fusilar. Su parecido con él es indiscutible. 
Julián sonríe. 
Si no hubiera hecho el cambio de identidad  a tiempo, en este momento sería él, quien estuviera parado frente al pelotón de fusilamiento.