Con la anchura de las palabras te abracé y no me importó que
el frío del tiempo incrustara sus agujas en mis huesos. Tampoco me
importó ver cómo se cerraba la puerta del desaliento tras mi espalda.
La semilla cayó en tierra fértil. Mi vientre se desbordó de
vida, con sobresaltos, mareos y ansiedad.
La esperanza torturó con insistencias la noche que se me engarrotó en el alma. Fue su verdugo hasta que la sintió crepitar en abandonos entregándose sin resistencia ante su brillo. Entonces proyecté mi vigilia hacia tu sombra pequeñita.
Mis tímpanos se abrieron a tu voz y desde siempre, en el subsuelo de los siglos siguió vibrando en mi memoria.
La esperanza torturó con insistencias la noche que se me engarrotó en el alma. Fue su verdugo hasta que la sintió crepitar en abandonos entregándose sin resistencia ante su brillo. Entonces proyecté mi vigilia hacia tu sombra pequeñita.
Mis tímpanos se abrieron a tu voz y desde siempre, en el subsuelo de los siglos siguió vibrando en mi memoria.
Corregí el rumbo de mis sentimientos, los dirigí hacia el abismo de tus ojos
y me entregué a ellos de por vida.
y me entregué a ellos de por vida.
Palpitó la tierra bajo nuestros pies y nuestras raíces se encontraron en el
destino. Sin karma, sin dolor, sin renuncia. Quedé acariciada por la serenidad
de tus dedos pequeñitos afianzados a los míos. Anclados en mi puerto de por vida.
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Dibujo de Araminta Gálvez. Lápiz sobre papel fotográfico |
Las hojas se enfrentaban a un suicidio irremediable.
Se desprendieron sin futuro y sin verdor.
Los muñones de las ramas desesperadas por su ausencia reventaron en brotes como pústulas en flor.
Heridos de vida… como yo de ti.
Marzo 2013
Todo un canto a la vida, Araminta. Bellos versos alojados en nun rincón de lujo.
ResponderEliminarAbrazos
Gracias José por ser sensible a mis palabras. Un abrazo
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