miércoles, 27 de marzo de 2013

BOCA LLENA

Fotografía de Araminta Gálvez.

La luna se asoma por mi ventana y me confunde. Parece una naranja madura suspendida por mis ojos. 
Me mira silente, con su explosiva magia enamorándome a rabiar. Es la calma y la promesa, la compañía perfecta para la soledad.
 Los jazmines han salido a pasear con sus aromas desperdigados por los corredores de mi espíritu. 
Mis ojos no pueden ver más allá de las estrellas, pero con eso es suficiente para alimentarme el alma.
Crujen los pasos de la noche acompañados de murmullos, croares, guarda barrancos y almas perdidas.
Me desnudo de los miedos y viejos dolores Entonces llega la paz y me contiene entera.  Desgajo un pedazo de naranja y con lujuria lo coloco en mi boca llena.

27 de marzo 2013



SIN TÍ


Arropé con mis ojos tu silueta
desvanecida apenas en la tarde
arrebujando penas y un cometa
flotando por el viento sin alarde.

Te vi partir cayéndome a pedazos
al separar tu vida de la mía
de nuestro amor sintiendo los retazos
desvanecerse en medio de agonía.

Tú me dejaste hiriéndome de muerte
sin sospechar siquiera que mi vida
es barco sin orilla, sin presente,

que muero poco a poco consumida
que ya no tengo paz, que estoy sin suerte,

que ahora estoy sin ti, muy desvalida.

SOY UN ASTRO MALHERIDO



El sol se desvanece por el cielo
llevándose su brillo y su calor
quitándole a los pájaros el vuelo
y a mi cara borrándole el rubor.

Desisto de atraparlo entre mis ojos,
las nubes ya lo ocultan sin cesar,
de lilas los celajes se hacen rojos
y me entran muchas ganas de llorar.

Me pierdo en el silencio del olvido,
claudico con serena tempestad,
sintiéndome sin ti en un estallido

de ocaso devastado y aterido
que busca inconsolada su verdad,
soy náufrago y un astro mal herido.

17 de febrero de 2013

SEGURA DE TENER ALAS



la alondra olvidó volar
                                 y calló sus alas,
sus ojos picoteaban la calle        
 y la ventana...
el sol abrasó el otoño con rojos,
 alizarines y nostalgias verdes,
c
a
y
e
r
o
n
las miradas
sobre la luna de queso
que haraganeaba en el charco
y las ranas alfombraron
de croares el silencio.
retumbó 
una simulación de espejismos en el horizonte
y el olvido se presentó
vestido de ausencias,
yo arrimé la telaraña de tu risa
a mi guarida
apeñuscada de ninfas y carcajes
y cerré la luz,
detrás
de mis pestañas…
Septiembre 2012

SUICIDIO ROTO



Doblo las alas
y renuncio al vuelo,
ato fuertemente
los sueños
a la pata de mi cama,
y emprendo el camino hacia la muerte,
para enfrentarla.
Mira, le digo,
aquí estoy,
desnuda,
sin historia,
dispuesta a entregarme a ti.
Incondicional.
Me mira de los pies a la cabeza
y sin contemplaciones,
me devuelve de inmediato a la vida.

TERRITORIO TOMADO

Al sentir ese putrefacto olor, mezcla de desechos humanos y carne en descomposición, sentí la urgente necesidad de vaciar allí mismo la chuleta de cerdo y sus maravillosas grasas y el puré de papas degustado hacía no mucho. Ahora de nada servía el arrepentimiento por mi voracidad durante el almuerzo. Las arcadas se intensificaban y era casi inútil mi esfuerzo por contenerlas.
Dejé de respirar, desesperada para no sentir esa hedentina, obligué a mis pensamientos
                                                     a transportarme a otro lugar.
Las montañas delineadas en la distancia fueron mi salvación.

Las imaginé emborrachadas de trinos, frescura y semillas que en sus entrañas ocultaban bosques enteros.
Intuí su frescura y esa brutalidad de olores a tierra húmeda, descompuesta y configurada por millones de vidas minúsculas que morían y sobrevivían devorando y siendo devoradas.
El rocío, con sus caudales de brillos e iridiscencias, se posaba en el temblor de las hojas, al tiempo que el sudor irreverente se deslizaba hasta la división de mis pechos, estremeciendo mi soledad.
Relajé cada uno de los músculos y órganos de mi cuerpo.
Sentí las paredes de mis costillas abrazándome el corazón.
Escuché su ritmo de percusión mientras me drenaba la vida.
Tomé conciencia del estallido de ruidos secretos que abarrotaban mi abdomen.
Me identifiqué con la suavidad de líquidos que amortiguaban mis ojos defendiéndolos
del impacto de luz y color, que sin misericordia, constantemente me poseían.
Sentí la suavidad de mi sexo abierto a esas tenues palpitaciones
que lo aletargaban unas veces y otras lo hacían desfallecer.
Desesperada por la falta de oxígeno, en un acto de valor extremo y por no tener otra salida; me enfrenté abruptamente a la repulsión y al asco incontenible del putrefacto cadáver que yacía desnudo, invadido por pequeños fantasmas que ya habían colocado su bandera de podredumbre y que a fuerza de pestilencias y excrecencias, declaraban ese territorio como suyo.
EL CUERPO ESTABA TOMADO Y MI AMARGURA TAMBIÉN.
Lo observé aparentando seguridad, manipulando mis emociones y desviando los sentimientos hacia el rincón del intelecto y la cordura.
El amor aquí nada tenía que ver.


  • Ese hombre no podía ser el cuerpo al que me había abrazado pocos días atrás, aletargada y completamente desposeída de resistencias.
  • § Ese hombre no podía ser el mismo que me impregnó de su olor y de sus palabras exactas en el momento preciso.


  •  Ese hombre no podía ser el mismo que me arrancó la vida y que me la devolvió desbordada de placer y sensaciones.
Era imposible.
  Inconcebible                                                  Pero sin duda... Era ÉL.
Firmé la hoja de identificación y esta vez, no tuve que hacer ningún esfuerzo para imaginarme un mundo vivo, porque aunque te parezca irónico, vida mía, tu cuerpo, tu maravilloso cuerpo, ahora es lo más cercano a un bosque, en el que millones de vidas minúsculas te sobreviven...
devorándote…
Octubre 2012

¡YA NO MAS...!

El desgarramiento silenciaba la vida de sus pulmones ocupados en cuerpo y alma en atenuar los efectos del mísero aire que propulsaban. Los dolores instalados en cada resquicio de su cuerpo se intensificaban con cada respiración. La luz entraba con sigilo por sus ojos demudados por el sufrimiento.
Shopán ya no era suficiente para aplacarlo.
La morfina tampoco.
La insistencia de la vida de asirse a sus huesos y pellejos lo desbalanceaba. ¿Cómo resistirse a ella? ¿Cómo desprender su fragilidad de esa fuerza robusta, consistente y vital?
Los instantes perdieron la dimensión del tiempo y se hicieron eternos. Los días y las noches distanciaron su encuentro. Sus ojos extenuados hablaban a gritos pidiendo compasión. La incalculable hermosura de la vida era una carga demasiado pesada para las fuerzas que ya no le quedaban. Y la inmensa osadía de tragar una cucharada de sopa solo era comparable con escalar el monte Everest.
Maximiliano no quería, ni tenía fuerzas, ni motivos suficientes, para maldecir la hermosa vida que lo había sumergido por treinta y seis años en la sorpresa, el asombro, la lucha y la pasión. Se le entregó como un amante incondicional dispuesto siempre al descubrimiento, pero en este momento solo quería cerrar los ojos y abrazarla mientras se le desvanecía por el cuerpo.
La jeringa ya contenía su carga mortal.
Julián le demostró su incondicionalidad y la dejó al alcance de su mano.
Rogó porque su pulso no lo traicionara. Introdujo meticulosamente la aguja en el suero que hidrataba sus cañerías agotadas. En un desborde de osadía reunió las miserables fuerzas que le quedaban y presionó.
Las transparencias se encontraron y se refocilaron con la vida y con la muerte.
Una de las dos saldría vencedora.
El nocturno para piano de Shopán se impuso en el silencio de esa tarde lloviznada de sanates y no me olvides.  
Septiembre 2012

CASUALIDAD, LA TORTUGA MUSICAL

Chipichipi, chipichipi, decían las gotitas de agua al caer sobre los ríos, sobre las montañas y sobre la espaldita de Casualidad, que al igual que las demás tortugas caminaba paso a paso, despacito, sigilosa, cuidando de esconder su cabecita cada vez que una gota de agua intentaba estrellársele encima.
Pero las traviesas y redondas gotitas afinaron su puntería y le mojaron la cabeza y el cuello una y otra vez.
Entonces Casualidad empezó a estornudar con muchas ganas.
                           —Aaaaaahaaaaacskxiiiij  Aaaaaahaaaaacskxiiiij —repetía con tanta fuerza que su caparazón estuvo a punto de salir volando por el esfuerzo que hacía.
—¡Salud! —Le dijeron los grillos que celebraban la lluvia con sus canciones nuevas.
—¡Dios te favorezca y la nariz no te crezca! —Le dijeron los elefantes que sabían muy bien de esas cosas.
—¡Dios te ampare y te proteja! —Le gritó una coneja que temblaba de frío bajo el árbol más grande y viejo del bosque.
Casualidad agradecía amablemente con gestos, con palabras y con estornudos los buenos deseos de sus vecinos y de sus vecinas.
Caminaba sintiéndose muy feliz de llevar su casa a todas partes.
Sentía que el mundo entero le pertenecía.
Dormía donde le agarraba la noche y cada día, al abrir las ventanitas que tenía en sus ojos, miraba un paisaje hermoso y diferente.
Cuando su espaldita se cansaba por el peso de su caparazón, se ponía panza arriba y movía sus patitas para que el aire y el sol le recorrieran y refrescaran el cuerpo. Entonces se sentía como nueva otra vez.
—¡Qué hermosa es la vida! —decía contoneando su colita de arriba para abajo, de abajo para arriba y de un lado para el otro.
Casualidad había nacido por casualidad en un nido que no era el suyo, por eso su mamá, cuando la vio por primera vez, le puso ese nombre.
Doña Gallina, cansada de empollar el único huevo que todavía le quedaba en el nido, mientras sus siete polluelos le picoteaban las patas exigiendo atención, casi se muere del susto cuando vio salir del cascarón una cabecita redonda y sin pico y sin plumas que la miraba con adoración y ternura.
Después del susto del primer momento, doña Gallina decidió que esa cosita diferente era tan hijo suyo como los demás.
Con delicadeza le quitó los pedazos de cascarón que tenía prendidos en el cuerpo y al hacerlo, se dio cuenta que tenía cuatro patitas en lugar de dos y que en lugar de plumas llevaba una concha dura en la espalda.
Feliz por tener un hijo tan amable, aunque fuera diferente, le picoteó con suavidad la cabecita para darle la bienvenida a este mundo y con mucha alegría llamó a sus otros hijitos.
—Vengan a conocer a Casualidad –les dijo.
Los bulliciosos pollitos corrieron a conocer a su hermanita pero Casualidad escondió la cabeza dentro de una cuevita que tenía en el cuerpo.
Los siete pollitos se quedaron quietos, con el pico abierto, sin pestañear, observando esa cuevita oscura donde esperaban que en cualquier momento apareciera otra vez Casualidad con sus ojitos brillantes.
Y cuando por fin salió, los siete piquitos se abalanzaron rápidamente hacia ella, pero Casualidad fue más rápida y a partir de entonces, siempre les ganó en el juego de las escondidas.
Así pasaron muchos días y muchos meses y algunos años y doña Gallina y sus ocho hijitos aprendieron entre juegos y consejos a quererse y respetarse sin importar sus diferencias.
Los pollitos le regalaban a Casualidad las más ricas lombrices que encontraban y mientras ella las saboreaba agradecida, sus hermanitos picoteaban su caparazón produciendo una resonancia de congas y tambores que ponía a bailar a todos los animalitos del bosque.
Pero su infancia ya se había quedado atrás. Y por un momento la lluvia se hizo más fuerte. El chipi chipi ya no era chipi chipi sino chiplock, chiplock y resonaba con fuerza en su espalda.
Casualidad no pudo dejar de pensar en su niñez y recordar que el sonido que ahora hacía la lluvia en su caparazón, era igualito a la música que años atrás hacían sus hermanitos picoteando sobre ella.
—No hay ninguna duda —pensó alegremente— aunque todas las criaturas seamos diferentes, el mundo nos pertenece a todos por igual y siempre valdrá la pena haber vivido.
El arco iris con sus siete colores, como si fuera una hamaca, se tendió de una montaña a la otra y el sol, como siempre sucede, se asomó desde las nubes a pintarlo todo con luz y color.
Julio de 2008

YO NO ME PUEDO MORIR

Morir, qué cosa estúpida, realmente no tiene sentido. Es inconcebible, es inexplicable…
¿Por qué razón tengo que morir? ¿Hay alguna justificación acaso? ¡Seguro que no la hay! Posiblemente se diga que porque estoy viejo. ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Acaso los robles no son más fuertes cuando están más viejos?
Y sonreía seguro de sí mismo.
Eran muchos los años que había impuesto su voluntad sobre el pueblo y sobre sí mismo. Todos le temían, todos lo respetaban, entonces… ¿Cómo era posible que se muriera?
—No, definitivamente no. Morirse es señal de flaqueza, de debilidad y yo no pienso darles el gusto.
Y seguía viviendo fiel a su manera de pensar. Su corazón viejo y cansado no lo traicionaba. Seguían jalando juntos, a veces con dificultad pero jalando siempre.
Estaba viejo, en su cabello solo quedaba la nostalgia de la juventud y una enorme tristeza del color de la ceniza. La piel hacía tiempo que había perdido su lozanía y firmeza. Ahora estaba dividida por cientos de arrugas que le marcaban el cuerpo. El temblor incontrolable de sus miembros era su compañero constante, al igual que el insomnio que se aparecía en las largas noches de invierno y en las sofocantes del verano. Se aferraba a él, a sus pensamientos, a sus temores ocultos, recelosos, a sus remordimientos. El insomnio los alborotaba, los despertaba del fondo de su conciencia y los hacía aparecer en su memoria.
Hacía tiempo que le temía a la noche. Hacía tiempo que odiaba a la noche.
—En sus sombras, —pensaba receloso—, se ocultan mis enemigos, están encubiertos por la negrura y son tan cobardes que no se atreven a darme la cara a la luz del día.
Entonces atizaba con fuerza sus remordimientos para que se escabulleran hasta lo más profundo, hasta lo insondable de su conciencia y el rencor y el odio incontrolable hacia los más débiles se alzaba poderoso, implacable, amedrentando incluso a la noche.
La lucha con la muerte había empezado hacía mucho tiempo y era incontenible. Ninguno de los dos daba tregua. A pesar de los lacerantes dolores que lo punzaban y lo penetraban hondo, él siempre encontraba tiempo para sonreír. Sus encías negruzcas dejaban ver dos o tres dientes, (triste recuerdo de su poderosa dentición). Reía con ironía, con sorna, con satisfacción.
—Estos buitres, —decía refiriéndose a sus familiares abriendo desmesuradamente los ojos salpicados de sangre— no ven la hora de caer sobre mis despojos. Están expectantes, ansiosos. ¡Pero con las ganas se van a quedar!
Se sentía poderoso, invencible. Más aún, cuando veía rondar por su lecho sus cuerpos enflaquecidos. Eran tan flacos que  a través de sus vestiduras oscuras se descubría con facilidad la forma osea y desgarbada de sus esqueletos. Parecían sombras grotescas, caricaturizadas en una forma ridícula que se alargaba hacia lo alto. Las mejillas hundidas y las cuencas de los ojos formando dos lagos tristes, con una aureola de profundas ojeras, como un presagio de muerte. Avanzaban con paso vacilante por los corredores interminables del caserón, cargando en las entrañas un hambre de siglos y un deseo de liberarse de esa opresión.
Pero la esperanza se acobardaba ante la presencia y voz del amo y señor.
—Con las ganas se van a quedar, —repetía a gritos.
Y los humillaba y no tenía consideraciones con nadie. Solo su perro era merecedor de su afecto. Un afecto terrible y extraño. Para él mandaba traer  carne de la mejor calidad. Reunía en el comedor a toda su familia y ante las caras tristes y nostálgicas de comida, le daba al perro grandes pedazos de carne. El perro los engullía con fiereza, con avaricia, mientras el hambre se revolcaba en los estómagos de las sombras humanas que observaban silenciosas.
El viejo reía y reía, hasta hacer que el hambre se les escabullera para dejar lugar a un miedo extremo, resbaladizo y penetrante que les recorría por el cuerpo, estremeciéndoles los riñones hasta hacerlos desahogarse en una orina pálida que resbalaba por sus muslos magros. Al verlos orinarse de miedo se sentía omnipotente y seguro de su dominio.
Con un gesto brusco hacía que lo dejaran solo con el perro. Cerraba con candado la puerta, descolgaba una correa y un látigo. Amarraba al perro y con furia  empezaba a golpearlo una y otra vez, hasta hacerlo sangrar y hasta sentir que se había cobrado el precio que había gastado en la carne.
El perro  aullaba lastimosamente a cada latigazo despertando lástima en quienes lo escuchaban. Cuando terminaba de golpearlo, le acariciaba la cabeza y el perro lamía la mano que momentos antes lo había golpeado.
—Estos se mueren de ganas de que me muera —murmuraba convencido—. ¡Pero qué va! La muerte no puede conmigo. Esa me tiene miedo —y se carcajeaba con estruendo. Luego se quedaba callado y veía receloso hacia todas partes y continuaba murmurando—. A veces la presiento vigilándome, expectante, queriendo meterme zancadilla. ¡Pero esperando se va a quedar la maldita porque no me voy a morir! ¡Yo soy omnipotente! ¡Soy invencible!
Se acostó queriendo conciliar el sueño. Su mente estaba convencida de que no moriría nunca, pero su corazón tuvo un descuido y la muerte se le acercó sigilosa hasta romper el frágil hilo que lo unía con la vida.
2008

martes, 26 de marzo de 2013

SOY

Soy tormenta de luz entre los ojos  
y palabras que construyen sin cesar                   
entre mayúsculas consignas de esperanzas 
y minúsculas certezas sin pagar…

Mi armadura es piel que enfrenta inviernos,
y veranos con póstumas miradas
cimbreando vuelos de nubes con sus velos
de apasionada y crasa tempestad…

Soy un nombre,
cosecha de sonidos, estruendos, murmullos y vacíos
con soplos de alas de aires,
tallado por mis padres, en roca abismal…

Soy serenidad de fortalezas, que al azar,
armaron mi estructura
modelándome el carácter
los sueños, la sonrisa y el hablar…

Acudo arrecha a mi cita con la vida
develando estrellas desoladas por nostalgias
de auroras debatidas con la noche
en la maravillosa tarea de vivir…

Avanzo con la risa desatada
dibujando el  asombro de los días todavía sin parir
y apilo entre mis huellas rutas pétreas
que guardo con afán, sin claudicar…

Soy golondrina con secuelas de veranos en las alas
y consignas sin barrotes
en mis horas trasnochadas,
soy  cortejo a la vida, soy cordura, soy herida…


 junio 2012