martes, 26 de marzo de 2013

HERIDA DE VIDA

Con la anchura de las palabras te abracé y no me importó que el frío del tiempo incrustara sus agujas en mis huesos. Tampoco me importó ver cómo se cerraba la puerta del desaliento tras mi espalda.
La semilla cayó en tierra fértil.  Mi vientre se desbordó de vida, con sobresaltos,  mareos y ansiedad. 
   La esperanza torturó con insistencias la noche que se me engarrotó en el alma. Fue su verdugo hasta que la sintió crepitar en abandonos entregándose sin resistencia ante su brillo.        Entonces proyecté mi vigilia  hacia tu sombra pequeñita. 
           Mis tímpanos se abrieron a tu voz y desde siempre, en el subsuelo de los siglos siguió vibrando en mi memoria. 
               Corregí el rumbo de mis sentimientos, los dirigí hacia el abismo de tus ojos 
                                y me entregué a ellos de por vida. 

Palpitó la tierra bajo nuestros pies y nuestras raíces se encontraron en el destino. Sin karma, sin dolor, sin renuncia. Quedé acariciada por la serenidad de tus dedos pequeñitos afianzados a los míos. Anclados en mi puerto de por vida. 

Dibujo de Araminta Gálvez.
Lápiz sobre papel fotográfico
                               Era otoño.

                            Las hojas se enfrentaban a un suicidio irremediable. 

                                        Se desprendieron sin futuro y sin verdor. 
        Los muñones de las ramas desesperadas por su ausencia reventaron en brotes como pústulas en flor. 
                                     Heridos de vida… como yo de ti.


Marzo 2013

lunes, 25 de marzo de 2013

DESPUÉS DE LA TORMENTA NO SALIÓ EL SOL.

La amenaza era latente.
Las nubes corrían desenfrenadas por el cielo. Se agazapaban entre mis ojos temerosas de sí mismas.
El sol prefirió no ser testigo de la calamidad anunciada. Miró para otra parte.
El silencio retumbó en mi corazón. Los pájaros se atragantaron de premoniciones escondiéndose bajo sus alas.  El viento corría veloz buscando fugarse por cualquier horizonte desprevenido. El cielo estaba teñido de alertas. Las señales zigzagueaban contundentes hiriendo la oscuridad. El trueno se impuso brutal y desafiante en el silencio y desató el cáos. Resquebrajó el cielo que se desplomó en un aguacero consistente y despiadado que se ensañó sobre la fragilidad de las montañas que no aguantaron a beberlo. La corriente se les derramó río abajo, arrastrando piedras y pálpitos. Desbarató sueños,  techos y sembró pesadillas. Arrancó los cimientos como plumas  dejando caer las sombras de la desolación.
Cuando la calma llegó no encontró sosiego, solo cifras de muertos y desaparecidos.
Marzo 2013.

lunes, 18 de marzo de 2013

LEVANTE CON LOS OJOS EL VUELO


.Abrí la vida con los ojos depositados en el asombro.
La luna me      bañó con su luz… descorrió mi risa… y reconoció las líneas de mis manos.
Me arrullaron las hormigas con sus zancadas de urgencias trotando por la maleza.
Los pájaros cayeron al suelo suspendidos por sus alas.
Los levanté con mis ojos y volvieron a caer.
Estalló la ausencia por doquier.
Los sueños asaltaron mis rincones con desconciertos y promesas.
Aprisioné mi vida con el índice y el pulgar y dejé que los aguaceros me acariciaran el cuerpo.
Puse chocolate en la punta de mi nariz y saboree las madureces de las frutas.
Era invierno. El sol se afanaba en sabotear a la lluvia con chispazos de arco iris. Y el escándalo de reflejos se bebió a sorbos la humedad.

Encendí entonces la luna y surgí como Ave Fénix de entre las cenizas de mi historia. Me conté las costillas y no me faltó ninguna. Se renovó entonces la palabra en la boca del destino, mi vientre creció contra todos los pronósticos y la vida se me desgranó prodigiosa por el cuerpo.

miércoles, 13 de marzo de 2013

TRATA DE BLANCAS

Lira está desnuda y es vulnerable a las miradas que, como parvadas de cuervos, aterrizan en su ombligo untándola de escarnio y vergüenza.
Siente sus nalgas heridas por el sondeo lujurioso de esos ojos que la hurgan a distancia todavía.
Sus pechos, casi púberes, están alzados en franca protesta ante la insistente y acuciosa  búsqueda de asquerosa autosatisfacción.
Su pubis palpita indefenso ante la amenaza de esos ojos sagaces y maldicientes que destilan lujuria y deseo.
Siente la humedad de sus lágrimas recorriéndole el cuello y escucha la ensordecedora crepitación de sus gritos salvajes y desesperados, enmudecidos por el terror.
Está a su merced y lo sabe, y no encuentra un rasgo de humanidad donde anclarse.
                   ¿Dónde salvarse?                                                                        
Su virginidad, guardada celosamente, es ahora el motivo que la cotiza alto y es la única razón que por el momento evita que esas hienas humanas se le echen encima para saciar su gula.
Se siente un objeto pero se resiste a aceptarlo.
Apela a sus principios y a esa moral enseñada por su padre, tan guardada en su corazón y se esfuerza para volar y evadir esa sensación de sentirse observada y ultrajada, como si fuera un trozo de carne colgando en una carnicería, o una piedra preciosa expuesta en un estante. Da igual.

La subasta está por empezar.
Los hombres se acercan amenazando con tocarla pero se contienen.
Sus manos (las de Lira) no alcanzan para cubrir su desnudez.
Su rabia claudica ante el miedo y la vergüenza.
Se resiste a vivir y silenciosamente pide un milagro.
¡Que se abra la tierra y se la trague allí mismo!
Pero los milagros no siempre aparecen cuando se les necesita y hoy en su lugar, las exorbitantes sumas se suceden una a una sin cesar.
Los postores pujan
El subastador levanta el martillo que como un péndulo imperioso se detiene una fracción de segundo en el aire antes de que el vendedor diga con tono de triunfo la maldita palabra…
¡Vendida!...


Y ENGAÑÓ HASTA AL MISMO DIOS

Siria tenía actitud y unas enormes ganas de cantar. Cuando dejaba de intentarlo su garganta le dolía y las canciones se le acumulaban en fila impidiendo su desahucio. Y entonces cantaba a boca de jarro. Sin tapujos. Sin vergüenzas.
Pero Siria no tenía ritmo en la voz, ni en el camino, ni en la forma de aplaudir, ni siquiera en la manera de masticarse la vida. Iba desentonando siempre con todo y con todos. Incluso su corazón la traicionaba y a veces hasta se olvidaba de repartir la sangre por su cuerpo y otras veces se le derramaba en cascadas de brutal rubor y se ponía colorada como un jocote  jugoso.

Siria sentía que desentonaba en desenfrenos. Siempre estaba fuera de lugar. Pero aún así, a contracorriente, suspiraba y se inventaba un ritmo propio. Aprendió a cantar sin cantar y cosa sorprendente, se las agenció para ser parte del Coro de la Iglesia y engañó a todos, hasta al mismito Dios. Movía la boca con una precisión envidiable y acallaba los sonidos sin piedad. Nunca desentonó. Nunca fue motivo de un llamado de atención y a decir del director, Siria cantaba como los propios ángeles. Y superó el desarrollo como la mejor, sin desentonos, sin gallos, sin sonidos.

Y en las fiestas, Siria era en sí misma una fiesta. Siempre estaba en el clímax de la alegría. En la cúspide de la felicidad.

Cuando Siria murió llegaron mundos de gente a su entierro y el silencio les dolía en los oídos y su ausencia se hacía dolorosamente presente. Parecía que la fiesta y la alegría habían muerto con ella y nunca nadie se entero que a la tumba también se había llevado su secreto mejor guardado.
Siria era muda.



Marzo 2013.



DESVARIO





Maura quiere llorar y no puede. Los desiertos de sus ojos enormes y demasiado bellos no ofrecen un oasis par su desolación.
La vida pasa a su lado sin rozarla. No se inmuta ante el embate inconsecuente del tiempo que marca su piel.

Un reloj inexacto arraigado en su pecho, PULSA. Una palabra apenas se negó a salir de su voz.

Maura dulcifica con su llanto la tragedia. La amargura le pinta la tez. Hace estragos en su risa arrinconada en el abandono. CrUjen sus huesos ante el amor que se fue. Que no llamó nunca. Que le desdibujó con olvidos el beso.

Ahora tiene sus manos LLENAS de soledad.

Le atosiga la amargura en cada fibra de su piel. El mar encalla en su mirada y nubla con olas su ser y su desesperanza le abruma el corazón.

No hay un faro...

No hay ventanas...

No hay salida.

 A Maura solo le queda el DESVARÍO.


RULETA RUSA

Los goterones transparentes caían de la ducha prominentes y abundantes, envolviéndole el cuerpo de frescura. Con el jabón masajeó tenazmente sus piernas, abdomen y nalgas, confirmando que el tono muscular estaba intacto. Se enjabonó con afán las axilas y la nuca y se detuvo largamente en el torso amplio y poblado con vellos rizados que cubrían sus tetillas. Su miembro, desatendido por un largo momento, dobló la cerviz, alicaído, sintiéndose suplantado por otros quehaceres menos satisfactorios. Del glande rosado y jugoso brotaba un hilillo de agua que en su recorrido precipitado e incontenible hacia el alcantarillado, reflejaba los pescaditos azules y naranjas que pringaban la cortina.
Su cuerpo, el de ella, se relamió de placer en las honduras burbujeantes del jacuzzi. Sus manos tenían la independencia y sabiduría necesaria para encontrar y redescubrir en su cuerpo, cada una de las esquinas del placer. Su clítoris se entregaba complaciente y complacido a sus dedos, como un botón buscando ser soltado del ojal para explayarse en sensaciones mortales y benditas.  Los ojos cerrados. La luz tenue. Los aceites aromáticos lubricando sus sentidos. El cuerpo aletargado de espasmos y sacudidas provocadas diestramente por sus manos y evocadas y multiplicadas por sus deseos incontenibles al compás de Haydn rebalsando los silencios y todos sus sentidos, con su piano.

Salió de la ducha goteando y encharcando el parqué. Se secó con esmero la entrepierna congraciándose de nuevo con su pene que empezó a llenar sus venas con una sangre feliz. La maravillosa posibilidad quedó solo en conato. Secó su cabello y axilas y en un gesto de pudor inusual, envolvió la toalla alrededor de su cintura mientras bailaba salsa acompañado de Juan Luis Guerra y su pecera. Con el desborde de movimientos las últimas gotas de agua saltaron alegremente de sus cabellos. Frotó con pasión sus pies, poniendo especial atención en el medio de sus dedos. Pese a todo, una felicidad indescifrable lo abarcó rebalsando sus sentidos.

Apagó la última vela y mientras el jacuzzi se vaciaba con un ronroneo de espuma, sintió que ella también se vaciaba de olvido y soledad. Su cuerpo, con desmayo y lasitud por el agua caliente y los orgasmos continuados, se renovó con energía y disponibilidad, gracias a la certeza del inminente encuentro que le permitiría sustituir de una vez por todas, el frío e impersonal consolador, por un trozo de carne firme, vital, erecto, prometedor, complaciente y cumplidor. Salió desnuda, y parándose sobre una toalla esperó que el agua escurriera por su cuerpo. Al ver sus pechos pequeños y turgentes y el pubis enmontañado con vellos dorados adornados con minúsculas gotitas, deseó hacer el trabajo manual otra vez, pero se contuvo, enfocando su atención en el cepillado puntual de su cabello.

Vestido con la elegancia y comodidad que lo caracterizaban, sacó la billetera de su cazadora para corroborar su contenido. Documentos de identificación, dinero en efectivo, tarjetas de crédito, licencia de conducir, llaves del coche y del apartamento, preservativos, mentas… Revisó ante el espejo su apariencia y el resultado fue gratificante a sus ojos.  Sin pecar de narcisista tenía la certeza que era un tipo irresistible para la mayoría de las mujeres y para muchos hombres también. Todo parecía perfecto y prometedor.  —La vida es corta y una cogida de cuando en cuando no le cae mal a nadie, -pensó sonriendo mientras le daba una rápida mirada a su apartamento antes de salir a encontrarse con Nerea.

Amorosamente desempacó el precioso conjunto de tanga y brassier comprado expresamente  para su encuentro de esta noche. Se puso la tanga pensando solo en el momento en que Fausto se la quitaría y comprobó que le quedaba regia, a pesar de que con ella se sentía desnuda. Esto no le importó. Quería desinhibirse y actuar sin conservadurismos. Ajustó los tirantes del brassier y cuando se vio al espejo se encontró atractiva y sensual. Se metió dentro del vestido de un rojo naranja intenso, de corte simple, sin mangas y con un zíper largo y fácil de maniobrar. Revisó minuciosamente sus piernas  comprobando la perfecta depilación. Las medias le quedaron como una segunda piel y al sujetarlas con las ligas se sintió prostituida y feliz. Sonrió tratando de aplacar su ansiedad. Adornó sus orejas con los amuletos para su buena suerte, los zarcillos de jade con figura de delfín y con discreción perfumó sus zonas erógenas que en pocos minutos estarían desbocadas.

Antes de cerrar la puerta, los ojos de Fausto repararon en los frascos de combinaciones de antirretrovirales, que como un imán mortal, lo atrajeron desde la mesita auxiliar de la sala. Un rictus indescifrable cambió su expresión. Con un gesto decidido abrió la billetera, sacó los preservativos y los tiró con desprecio sobre el sofá.

—La carne con carne sin emplasticar es mucho más sabrosa, -dijo con una sonrisa torcida y agregó con un tono hueco y sarcástico -, el sexo es como la ruleta rusa, o la contagio... o la embarazo... o tiene suerte y del gozo no pasa.

Un excitante aroma de Lacoste embargó el elevador en el que Fausto se conducía al quinto piso. En su apartamento Nerea se doblegaba como una flor ante la espera.

Araminta Gálvez

Junio 2012



AGUACERO

El cielo se derrama en aguaceros

que abarcan el silencio sin parar

con truenos y relámpagos viajeros

que llegan y me quieren abrazar.


Conspiro con la lluvia evaporada

de pájaros y barcos de vapor

sintiéndome por fin enamorada

de tu cara y tu cuerpo abrumador.


La lluvia inconstante se estremece

salpicando mis ansias y estupor

de cantar con la lluvia que parece


una fiesta que estalla con color

y en tanto la tormenta no decrece,
mi cielo se me llena con ardor.


REIVINDICANDO MI NIÑEZ

La envidia es como la lepra.                          Corroe.                                                             Destruye todo lo bueno que podría construir nuestra razón.                                   Corrompe,


                                                                              oculta,
                                                                                                                   transforma.
Es un torbellino arrastrando maledicencias, embarrando la moral. Destruyendo los principios.    
                      Seduciendo con bajezas.
                                     Enrolándonos,
                                                                         cautivándonos…
Lo recuerdo como si fuera ayer. Patricia era la niña más aplicada de la escuela. Brillaba en todo. Tenía su propia luz. Impecable siempre, como salida de una vitrina de perfección. La media cola de su cabello casi nos iluminaba con sus destellos y sus brillos. Pulcro su uniforme a cuadritos café con beige. Los paletones delineados a la perfección. Las calcetas y su blusa tan blancas como una hoja de papel no mancillada todavía por las letras. Sus rodillas —y eso era lo que más me sorprendía— límpidas, sin heridas de combate con los árboles, con la cancha de basket o con el electrizado de las tardes.  
Mis rodillas, en cambio, eran un mapa de heridas y cicatrices trazadas, desfiguradas y renovadas constantemente.
En el cuarto grado sin excepción, todas éramos su antítesis. Desgarbadas, despeinadas y dispuestas siempre a la algarabía, la sorpresa, el disfrute y la pasión. Nuestras notas no hablaban muy bien de nuestras capacidades y la vida se nos entregaba con tal esplendidez, que nunca nos negábamos a sus insinuaciones de pasarla bien.
1. Patricia era la abanderada de nuestra clase.
2. Patricia era la representante ante cualquier actividad.
3. Patricia era el ejemplo a seguir.
4. Patricia era la perfección.
5. Patricia era la candidata a reina de la escuela...
y Patricia, nos hartó…
No recuerdo quién, no recuerdo cómo, no recuerdo en qué momento tomamos la decisión:
Nadie, absolutamente nadie votaría por Patricia durante la elección de reina
y así lo hicimos.
Una a una pasaron las candidatas frente a todas las alumnas, decían su discurso y sus compañeras y sus seguidoras, daban a conocer su voto levantando la mano.
Tocó el turno de Patricia. La Patricia pulcra, la Patricia linda, la Patricia inteligente, la Patricia carismática y como debería de ser, su discurso fue excepcional y los aplausos de casi toda la escuela —menos los de nosotras—, no se hicieron esperar.
Llegó entonces el momento de levantar la mano ante la exhortación de la maestra conductora del evento, y ante la sorpresa de todos, ni una sola mano se levantó. Lo recuerdo muy bien, como si fuera ayer. Patricia se nos quedó viendo con sus ojitos asombrados y sin poderlo evitar, rompió a llorar y salió corriendo a encerrarse a la clase.
La seño Herminia nos regañó y como castigo a la falta de compañerismo y a la poca consideración que tuvimos con Patricia, nos prohibió salir durante un mes al recreo. Castigadas, dolidas unas, avergonzadas otras y como la gran diabla unas cuantas… veíamos cómo esa maravillosa hora se nos desvanecía entre los libros y el aburrimiento.
Patricia, como siempre, era la única privilegiada que podía disfrutar del recreo. Nuestra envidia, por tanto, creció.
Pero al segundo día del castigo, Patricia le pidió permiso a la maestra para hablar y con su voz limpia y relajada dijo:
—Seño Herminia, le pido que levante el castigo a mis compañeras, no creo que sea justo que estén aquí encerradas cuando afuera pueden salir a divertirse. — Y sonrió al tiempo que decía—: Ya olvidé lo que pasó y estoy convencida de que ya es suficiente castigo.
Nos quedamos sin palabras y nadie tuvo el valor de hacer algún comentario al respecto.
Por mi parte, es hasta hoy que me atrevo a comentarlo. Porque entre mis recuerdos de la infancia, esta acción me ha avergonzado siempre.
Hoy me libero de ella en homenaje a Patricia, pulcra hasta en su capacidad de perdón.
Vivencia:Noviembre 1971
Escrito: Septiembre 2012

LA CASA DE MI NIÑEZ

La tierra arrastra nuestros orígenes y moldea nuestras querencias.
Hoy regresé a la casa de mi niñez.
Cerré los ojos y abrí el recuerdo.
Y sobre los muros derruidos de nuestra infancia, surgieron vívidos los  juegos y sorpresas de un mundo que se nos regalaba a los ojos.
Los corredores se inundaron de risas y geranios en flor. Nuestros perros, El Problema y La Fiera, resucitaron de entre las raíces del naranjo y ladraron agradecidos por traerlos de regreso con la nostalgia.
Las baldosas, rojas y heridas por el sadismo del tiempo, implacable en aguaceros y abrazos de sol, se reconfiguraron en el puzzle perfecto que rearmó nuestros pasos por todos sus rincones.
Los  pilares, en equilibro insostenible sobre las basas carcomidas por el hambre insaciable del tiempo, se reafirmaron sobre la debacle y una vez más me sentí abrigada por ese cielo que nos construyó papá.
Cuando  abrí los ojos todo estaba allí.
El pollo grande con sus llamas bailando en azules, rojos y amarillos, en medio de la inmensa cocina con nuestras infancias a su alrededor, y mi madre siempre al centro de todos, con una interminable capacidad de cocinar de igual manera, nuestros alimentos y sueños, intentando  saciar nuestra hambre infinita.
La mesa rodeada de conversaciones fiesteras, de oraciones y de vez en cuando, de un regaño que nos llamaba al orden y luego la risa siempre puntual, reconfigurando la vida, regenerando ese entrañable e indestructible amor de familia.
Me asomé por una ventana de aire que me abrió el recuerdo a mi habitación y me despojé de las heridas recibidas y dadas. Me tendí sobre mi cama y me arropé con los sueños energéticos de entonces. Me llené de luz. Abracé a mis hermanos niños, a mis padres jóvenes entonces, a mis sueños sin aspavientos de grandeza. Me abracé y perdoné al techo que se me derramó en mis sueños y dejé, solo dejé que los tiempos buenos me inundaran nuevamente.
Araminta Gálvez
Febrero 2013