miércoles, 13 de marzo de 2013

RULETA RUSA

Los goterones transparentes caían de la ducha prominentes y abundantes, envolviéndole el cuerpo de frescura. Con el jabón masajeó tenazmente sus piernas, abdomen y nalgas, confirmando que el tono muscular estaba intacto. Se enjabonó con afán las axilas y la nuca y se detuvo largamente en el torso amplio y poblado con vellos rizados que cubrían sus tetillas. Su miembro, desatendido por un largo momento, dobló la cerviz, alicaído, sintiéndose suplantado por otros quehaceres menos satisfactorios. Del glande rosado y jugoso brotaba un hilillo de agua que en su recorrido precipitado e incontenible hacia el alcantarillado, reflejaba los pescaditos azules y naranjas que pringaban la cortina.
Su cuerpo, el de ella, se relamió de placer en las honduras burbujeantes del jacuzzi. Sus manos tenían la independencia y sabiduría necesaria para encontrar y redescubrir en su cuerpo, cada una de las esquinas del placer. Su clítoris se entregaba complaciente y complacido a sus dedos, como un botón buscando ser soltado del ojal para explayarse en sensaciones mortales y benditas.  Los ojos cerrados. La luz tenue. Los aceites aromáticos lubricando sus sentidos. El cuerpo aletargado de espasmos y sacudidas provocadas diestramente por sus manos y evocadas y multiplicadas por sus deseos incontenibles al compás de Haydn rebalsando los silencios y todos sus sentidos, con su piano.

Salió de la ducha goteando y encharcando el parqué. Se secó con esmero la entrepierna congraciándose de nuevo con su pene que empezó a llenar sus venas con una sangre feliz. La maravillosa posibilidad quedó solo en conato. Secó su cabello y axilas y en un gesto de pudor inusual, envolvió la toalla alrededor de su cintura mientras bailaba salsa acompañado de Juan Luis Guerra y su pecera. Con el desborde de movimientos las últimas gotas de agua saltaron alegremente de sus cabellos. Frotó con pasión sus pies, poniendo especial atención en el medio de sus dedos. Pese a todo, una felicidad indescifrable lo abarcó rebalsando sus sentidos.

Apagó la última vela y mientras el jacuzzi se vaciaba con un ronroneo de espuma, sintió que ella también se vaciaba de olvido y soledad. Su cuerpo, con desmayo y lasitud por el agua caliente y los orgasmos continuados, se renovó con energía y disponibilidad, gracias a la certeza del inminente encuentro que le permitiría sustituir de una vez por todas, el frío e impersonal consolador, por un trozo de carne firme, vital, erecto, prometedor, complaciente y cumplidor. Salió desnuda, y parándose sobre una toalla esperó que el agua escurriera por su cuerpo. Al ver sus pechos pequeños y turgentes y el pubis enmontañado con vellos dorados adornados con minúsculas gotitas, deseó hacer el trabajo manual otra vez, pero se contuvo, enfocando su atención en el cepillado puntual de su cabello.

Vestido con la elegancia y comodidad que lo caracterizaban, sacó la billetera de su cazadora para corroborar su contenido. Documentos de identificación, dinero en efectivo, tarjetas de crédito, licencia de conducir, llaves del coche y del apartamento, preservativos, mentas… Revisó ante el espejo su apariencia y el resultado fue gratificante a sus ojos.  Sin pecar de narcisista tenía la certeza que era un tipo irresistible para la mayoría de las mujeres y para muchos hombres también. Todo parecía perfecto y prometedor.  —La vida es corta y una cogida de cuando en cuando no le cae mal a nadie, -pensó sonriendo mientras le daba una rápida mirada a su apartamento antes de salir a encontrarse con Nerea.

Amorosamente desempacó el precioso conjunto de tanga y brassier comprado expresamente  para su encuentro de esta noche. Se puso la tanga pensando solo en el momento en que Fausto se la quitaría y comprobó que le quedaba regia, a pesar de que con ella se sentía desnuda. Esto no le importó. Quería desinhibirse y actuar sin conservadurismos. Ajustó los tirantes del brassier y cuando se vio al espejo se encontró atractiva y sensual. Se metió dentro del vestido de un rojo naranja intenso, de corte simple, sin mangas y con un zíper largo y fácil de maniobrar. Revisó minuciosamente sus piernas  comprobando la perfecta depilación. Las medias le quedaron como una segunda piel y al sujetarlas con las ligas se sintió prostituida y feliz. Sonrió tratando de aplacar su ansiedad. Adornó sus orejas con los amuletos para su buena suerte, los zarcillos de jade con figura de delfín y con discreción perfumó sus zonas erógenas que en pocos minutos estarían desbocadas.

Antes de cerrar la puerta, los ojos de Fausto repararon en los frascos de combinaciones de antirretrovirales, que como un imán mortal, lo atrajeron desde la mesita auxiliar de la sala. Un rictus indescifrable cambió su expresión. Con un gesto decidido abrió la billetera, sacó los preservativos y los tiró con desprecio sobre el sofá.

—La carne con carne sin emplasticar es mucho más sabrosa, -dijo con una sonrisa torcida y agregó con un tono hueco y sarcástico -, el sexo es como la ruleta rusa, o la contagio... o la embarazo... o tiene suerte y del gozo no pasa.

Un excitante aroma de Lacoste embargó el elevador en el que Fausto se conducía al quinto piso. En su apartamento Nerea se doblegaba como una flor ante la espera.

Araminta Gálvez

Junio 2012