miércoles, 13 de marzo de 2013

REIVINDICANDO MI NIÑEZ

La envidia es como la lepra.                          Corroe.                                                             Destruye todo lo bueno que podría construir nuestra razón.                                   Corrompe,


                                                                              oculta,
                                                                                                                   transforma.
Es un torbellino arrastrando maledicencias, embarrando la moral. Destruyendo los principios.    
                      Seduciendo con bajezas.
                                     Enrolándonos,
                                                                         cautivándonos…
Lo recuerdo como si fuera ayer. Patricia era la niña más aplicada de la escuela. Brillaba en todo. Tenía su propia luz. Impecable siempre, como salida de una vitrina de perfección. La media cola de su cabello casi nos iluminaba con sus destellos y sus brillos. Pulcro su uniforme a cuadritos café con beige. Los paletones delineados a la perfección. Las calcetas y su blusa tan blancas como una hoja de papel no mancillada todavía por las letras. Sus rodillas —y eso era lo que más me sorprendía— límpidas, sin heridas de combate con los árboles, con la cancha de basket o con el electrizado de las tardes.  
Mis rodillas, en cambio, eran un mapa de heridas y cicatrices trazadas, desfiguradas y renovadas constantemente.
En el cuarto grado sin excepción, todas éramos su antítesis. Desgarbadas, despeinadas y dispuestas siempre a la algarabía, la sorpresa, el disfrute y la pasión. Nuestras notas no hablaban muy bien de nuestras capacidades y la vida se nos entregaba con tal esplendidez, que nunca nos negábamos a sus insinuaciones de pasarla bien.
1. Patricia era la abanderada de nuestra clase.
2. Patricia era la representante ante cualquier actividad.
3. Patricia era el ejemplo a seguir.
4. Patricia era la perfección.
5. Patricia era la candidata a reina de la escuela...
y Patricia, nos hartó…
No recuerdo quién, no recuerdo cómo, no recuerdo en qué momento tomamos la decisión:
Nadie, absolutamente nadie votaría por Patricia durante la elección de reina
y así lo hicimos.
Una a una pasaron las candidatas frente a todas las alumnas, decían su discurso y sus compañeras y sus seguidoras, daban a conocer su voto levantando la mano.
Tocó el turno de Patricia. La Patricia pulcra, la Patricia linda, la Patricia inteligente, la Patricia carismática y como debería de ser, su discurso fue excepcional y los aplausos de casi toda la escuela —menos los de nosotras—, no se hicieron esperar.
Llegó entonces el momento de levantar la mano ante la exhortación de la maestra conductora del evento, y ante la sorpresa de todos, ni una sola mano se levantó. Lo recuerdo muy bien, como si fuera ayer. Patricia se nos quedó viendo con sus ojitos asombrados y sin poderlo evitar, rompió a llorar y salió corriendo a encerrarse a la clase.
La seño Herminia nos regañó y como castigo a la falta de compañerismo y a la poca consideración que tuvimos con Patricia, nos prohibió salir durante un mes al recreo. Castigadas, dolidas unas, avergonzadas otras y como la gran diabla unas cuantas… veíamos cómo esa maravillosa hora se nos desvanecía entre los libros y el aburrimiento.
Patricia, como siempre, era la única privilegiada que podía disfrutar del recreo. Nuestra envidia, por tanto, creció.
Pero al segundo día del castigo, Patricia le pidió permiso a la maestra para hablar y con su voz limpia y relajada dijo:
—Seño Herminia, le pido que levante el castigo a mis compañeras, no creo que sea justo que estén aquí encerradas cuando afuera pueden salir a divertirse. — Y sonrió al tiempo que decía—: Ya olvidé lo que pasó y estoy convencida de que ya es suficiente castigo.
Nos quedamos sin palabras y nadie tuvo el valor de hacer algún comentario al respecto.
Por mi parte, es hasta hoy que me atrevo a comentarlo. Porque entre mis recuerdos de la infancia, esta acción me ha avergonzado siempre.
Hoy me libero de ella en homenaje a Patricia, pulcra hasta en su capacidad de perdón.
Vivencia:Noviembre 1971
Escrito: Septiembre 2012