miércoles, 13 de marzo de 2013

LA CASA DE MI NIÑEZ

La tierra arrastra nuestros orígenes y moldea nuestras querencias.
Hoy regresé a la casa de mi niñez.
Cerré los ojos y abrí el recuerdo.
Y sobre los muros derruidos de nuestra infancia, surgieron vívidos los  juegos y sorpresas de un mundo que se nos regalaba a los ojos.
Los corredores se inundaron de risas y geranios en flor. Nuestros perros, El Problema y La Fiera, resucitaron de entre las raíces del naranjo y ladraron agradecidos por traerlos de regreso con la nostalgia.
Las baldosas, rojas y heridas por el sadismo del tiempo, implacable en aguaceros y abrazos de sol, se reconfiguraron en el puzzle perfecto que rearmó nuestros pasos por todos sus rincones.
Los  pilares, en equilibro insostenible sobre las basas carcomidas por el hambre insaciable del tiempo, se reafirmaron sobre la debacle y una vez más me sentí abrigada por ese cielo que nos construyó papá.
Cuando  abrí los ojos todo estaba allí.
El pollo grande con sus llamas bailando en azules, rojos y amarillos, en medio de la inmensa cocina con nuestras infancias a su alrededor, y mi madre siempre al centro de todos, con una interminable capacidad de cocinar de igual manera, nuestros alimentos y sueños, intentando  saciar nuestra hambre infinita.
La mesa rodeada de conversaciones fiesteras, de oraciones y de vez en cuando, de un regaño que nos llamaba al orden y luego la risa siempre puntual, reconfigurando la vida, regenerando ese entrañable e indestructible amor de familia.
Me asomé por una ventana de aire que me abrió el recuerdo a mi habitación y me despojé de las heridas recibidas y dadas. Me tendí sobre mi cama y me arropé con los sueños energéticos de entonces. Me llené de luz. Abracé a mis hermanos niños, a mis padres jóvenes entonces, a mis sueños sin aspavientos de grandeza. Me abracé y perdoné al techo que se me derramó en mis sueños y dejé, solo dejé que los tiempos buenos me inundaran nuevamente.
Araminta Gálvez
Febrero 2013