sábado, 23 de febrero de 2013

LA MAGA

Desde muy niña imaginé que los que hacían fotografías eran magos de verdad. En mi cabeza no cabía ninguna otra explicación. Era imposible, para mi entender de niña pueblerina, que una persona común y corriente pudiera plasmar en un papel, la imagen perfecta de una persona.
Eso es magia me repetía convencida.
¡ Así que decidí que al crecer sería maga!
Cuando entré a la Universidad a estudiar periodismo y Comunicación, mi velada intención era aprender sobre fotografía. El entusiasmo se me desbordaba por los poros cuando el maestro, cámara Kodak en mano, nos enseñó las partes de la cámara y su funcionamiento. El visor, decía, sirve para encuadrar la fotografía, el diafragma controla la luz, el obturador controla el tiempo de luz, el foco permite buscar la nitidez de la imagen y el disparador fija la imagen del encuadre y al presionarlo, listo, ya tenemos la fotografía.
Todo parecía tan sencillo y mis ganas de poner en práctica lo aprendido crecían y crecían cada vez más.
¡Por fin el día llegó!
Conseguí prestada una cámara más o menos profesional y con Claudia, mi inseparable y querida amiga de la U, nos fuimos a la calle a tomar esa fotografía que definitivamente nos llevaría a la gloria.
A cien metros de nosotras lo vimos venir. Era un vendedor de helados con su carretilla vestida de colores. A simple vista parecía una imagen común, pero con el sol maravilloso de esa tarde, las jacarandas estruendosas de flores violetas y sobre todo, con nuestro exceso de entusiasmo, parecía la escena perfecta. Yo tomaría esa primera fotografía.
Con ínfulas de importancia tomé la cámara, calculé la distancia y la luz, abrí el obturador, coloqué cuidadosamente mi ojo derecho en el visor y busqué mi objetivo pero no encontré por ninguna parte al heladero. Entonces Claudia muy sagaz, sacó la tapa del lente que yo había olvidado quitar. Coloqué nuevamente mi ojo derecho, cerré el izquierdo y busqué y al fin pude ver al heladero que venía muy lejos todavía.
Mi corazón se aquietó y pude corroborar tranquilamente la velocidad y la luz. Respiré profundamente para controlar el temblor de mi dedo índice derecho que era el encargado de presionar el disparador. (Para ese entonces mi pulso y mi corazón se habían quedado absolutamente callados). Me puse nuevamente en posición. Busqué mi objetivo y no lo encontré por ninguna parte. Bajé la cámara desconsolada sin entender lo que estaba pasando y entonces una campanilla me hizo voltear la cabeza hacia atrás. El heladero subía la enorme cuesta de la avenida dándonos la espalda y llevándose, sin saberlo, mi única oportunidad de capturar ese momento único e irrepetible en mi vida.
Ante el desconsuelo y la incertidumbre por no saber con exactitud lo que había pasado, escuché la voz de Claudia que me apremiaba.
—¿La tomaste Ari, la tomaste verdad?
Yo me sentí humillada y avergonzada. Había perdido mi oportunidad y desperdiciado esa escena irrepetible. Intentando disculparme le dije:
No la tomé Claudia, pero te juro que no entiendo lo que pasó, te aseguro que venía muy lejos todavía.
Y Claudia sin saber si ponerse a reír o a llorar me dijo.
¡Por Dios Ari, si no le cambiaste el zoom! ¡Por eso lo veías lejos!
Regresamos a la clase frustradas, sin haber podido tomar esa fotografía de exteriores, Entonces Claudia se paró enfrente del salón y me dijo a rajatablas sosteniendo la cámara a la altura de sus ojos.
Sonríe Ari, que quiero plasmar el momento memorable en que casi te haces fotógrafa.
Yo sonreí convencida de que esa fotografía me recordaría siempre este momento y me juré allí mismo que revelaría este negativo y mi sonrisa sería la primera imagen que vería surgir para sentirme maga de verdad.
Pero la odisea de rebobinar el negativo en la espiral del revelado casi me obliga a desistir de mi empeño de ser fotógrafa. En la oscuridad rotunda del salón de clases, cubiertas las ventanas con cartones negros y las ranuras de las puertas con trapos del mismo color para no dejar pasar ni una miseria de luz. El aire tampoco podía entrar. Compañeros y compañeras sofocados, tanteando en la oscuridad, sin poder instalar una ranura donde poder insertar la punta del negativo. Los olores penetrantes y hasta desagradables de los químicos. Estornudos, discretas maldiciones, risas nerviosas, explicaciones del profesor, expresiones de triunfo al conseguir colocar los negativos. ¡Mierda, se me volvió a salir! Risas incontenibles. Más esfuerzos. Más logros y por fin la luz y el aire entrando a borbotones.
La case había terminado y al parecer todos habíamos conseguido nuestro objetivo.
Al día siguiente yo blandía orgullosamente mi tira de negativos donde la única imagen expuesta a la luz era mi espléndida sonrisa de satisfacción.
Cuando me tocó el turno de entrar al minúsculo cuartito oscuro, donde solo cabía la pila, la mesa con la ampliadora como una araña gigante, los tarros de químicos, un tendedero, el maestro y yo, me sentía, ya no como una maga, sino como una Diosa a punto de crear la vida.
Había llegado el momento de ver con mis propios ojos cómo surgía mi cara en la pileta y eso solo era comprable, según yo, con la creación.
Bajo la dirección del maestro coloqué el papel fotográfico en la ampliadora y cuidadosamente puse el negativo y gradué los filtros. Manipulé los focos y aunque me sorprendió que prevalecieran los tonos oscuros en mi cara, no le presté mucha atención, ni siquiera cuando el maestro dijo que había sobreexposición.
Ese era un término nuevo e incomprensible para mi, así que lo deseche por el momento, expuse el papel a la luz infrarroja el tiempo necesario y temblando de emoción coloqué el papel boca abajo en a bandeja del revelador.
¡No lo podía creer, esa sensación tan inmensamente esperada durante muchos ojos se estaba haciendo realidad ante mis ojos! De a fotografía empezaron a surgir mis compañeros con sus caras sonrientes. ¡No lo podía creer! ¡Mi moño y mi cabello ya se estaban definiendo! Por fin se hizo la magia, pensé. Ya veía mis ojos y mi cara… pero…¿Dónde estaba mi cara con mi hermosa sonrisa?
Y entonces mi cara y mi sonrisa no aparecieron por ninguna parte.
Y fue de esa manera demasiado cruel para mis expectativas, que me enteré lo que significaba sobreexposición a la luz.






Ya han pasado 25 años desde entonces, pero cada vez que veo la fotografía, la risa se me aparece en la cara y sin proponérmelo, vuelvo a revivir esas maravillosas aventuras en las que quise, sin lograrlo, convertirme en maga.
12/12/12