sábado, 2 de enero de 2016

LA MUJER Y EL GATO

Como una ventisca me llegó su risa. 
Afuera llovía. Era una llovizna metódica. Metódica y fría. Fría como las plantas de los pies de los muertos. 
Ella volvió a reír. Indiferente a la lluvia. Incapaz de asomarse a mi soledad, de intuirla siquiera. Encendí un cigarro y fumé despacio, viendo como la brasita del tabaco se encendía y se apagaba de a poquito.
Un gato saltó a mi regazo y se agazapó sobre mis piernas. Odio a los gatos, pero no logré reunir el valor suficiente para espantarlo. El gato se quedó quieto e indiferente ante mi indiferencia. A los pocos minutos roncaba. 
Afuera la lluvia seguía sin control. Desbordados los techos. Desbordadas las calles. Desbordados los cabellos sobre sus pechos y desbordado mi ímpetu en el medio de las piernas.
Su risa ya no era tan perceptible como hacía unos minutos. Me llegaba una especie de eco desfigurado, una caricatura de frescura, un resabio de su indiferencia. Acaricié una y otra vez el espinazo del gato, mientras mis ojos recorrían con ambición la espalda de la mujer que se estremecía por su risa.
El brazo del hombre la rodeó como una serpiente constrictora. No lo pude resistir y me desquité con el gato. Lo aventé hacia un rincón y mientras escuchaba sus maullidos desconcertados salí de prisa para que el aguacero me aplacara las ansias.