domingo, 8 de febrero de 2015

SABINA

Fotografía de; Araminta Gálvez
El cielo se le desprendió de los ojos y no se dio cuenta del espectáculo en acuarelas que le daban la bienvenida a la noche. Le dolía el pecho. Tenía una sensación de vacío en el estómago. Un palpito inusual en el corazón y unas ganas incontrolables de cerrar los ojos para no despertar nunca más. ¿Para qué? Si el futuro no le representaba ya ningún estímulo, ningún incentivo, mas bien se había convertido en un dolor constante, un miedo a abrir los ojos y encontrarlo allí... vibrante, prometedor, incierto y cruel. El maldito destino..
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Sabina tomo el frasco de pastillas y con lentitud las contó, colocando cada una de ellas sobre su regazo. Veintitrés en total. 

Llevaba puesta la falda azul, la que tenía salpicaduras de estrellitas blancas y minúsculas. La que le había regalado Ezequiel justo antes de de que lo atropellara el camión  <<Te regalo el cielo>> le había dicho con sus ojos de enamorado. Y luego el estruendo Y el espantoso chirriar de las llantas Y el insoportable olor a aceite quemado y a sangre fresca  y la muerte arrancándole de cuajo la vida a Ezequiel Y su cara de susto y  ternura y desesperación por dejarla tan pronto, y la muerte tan puntual y la vida tan indiferente y las pastillas en su regazo.....

Pone una a una las pastillas sobre su lengua imaginando que es una de las estrellitas de su falda. Las traga con serenidad mientras siente como se le calma el corazón y sus  ojos se cierran.

Afuera la noche sigue con su espectáculo de sombras y colores.