martes, 21 de enero de 2014

LA GOTA

Parecía que en lugar de caer un aguacero, lo que caía del cielo era un miedo oscuro que se engarrotaba en el medio del estómago. Creíamos que había llegado el fin del mundo con esa agua que se hacía río y golpeteaba amenazante las estructuras frágiles del pueblo y del ánimo. Las calles se volvieron desierto y adentro de las casas las gentes se aferraban a las oraciones para no sumergirse en la locura. Los padres nuestros y Dios te salves eran los remos desesperados en las bocas de las gentes. Era como si el cielo se hubiera resquebrajado en un montoncito de pedazos que se astillaban por el retumbo de los truenos. El eco de esa cueva oscura e infinita que nos rodeaba por todas partes como si se tratara de malos pensamientos, multiplicaba al ciento por ciento los truenos sometiéndonos a su poder. Los rayos disparaban su luz por la panza del cielo pero instantes después desfallecían derrumbados por la oscuridad. Las tejas se empanzaron con el aguacero y lloraban a mares de intensidad. Primero formaron una hermosa gota de agüita que brillaba alumbrada por el candil que la Sofi puso sobre la mesa. La gota era nuestra esperanza pero también nuestro desasosiego. Ahora era mi turno. Me tumbé boca arriba sobre el piso helado y calculé muy bien antes de abrir mi boca. Y la abrí como si fuera un cuenco a cargo de recibir una gotera. La abrí así de grandota. Parecía el cráter de un volcán y por el tremendo esfuerzo  me dolieron las comisuras y sentí que se me habían desgajado en sangre. Mi lengua, como un radar, se movía de un lado a otro esperando el resquebrajamiento de la gota en sus papilas. Los ojos del Tules, del Cosme y del Serafín parecían palomas picoteando alpiste del techo a mi boca y midiendo las posibilidades de cálculo y error. Yo estaba en ascuas. Ni siquiera respiré ni moví los párpados. Solo mi lengua seguía inquieta, expectante y ansiosa por sentir esa frescura olorosa a tierra vieja y mojada. Yo veía una gota perfecta en  transparencias reflejando las sombras y las luces inquietantes, estirándose, encogiéndose, retrayéndose. Sentía la dureza del suelo marcando mis nalgas y mi espalda. Escuchaba las risas ahogadas del Tules y los tosidos desencajados del Serafín a quien el catarro se le había aquerenciado. Sentía también que dentro del otro cuarto, (casi que lo imaginaba) papá y mamá se estaban queriendo y revolcando desnudos sobre la cama, como la vez aquella en que me escondí en el tapanco y desde allí vi cómo papá le ensartaba su pajarito a mamá en el medio de su piernas y me asusté tanto y quise gritar pero no pude hacerlo. ¡Si tan solo Diosito me hubiera dado la voz un ratito así, yo hubiera gritado tan fuerte que hubiera espantado hasta a las ratas que pululaban con sus ojos en el tapanco! De seguro que con ese grito me hubiera vaciado del susto y seguramente también me hubiera ganado una tunda por andar espiando las cosas de mayores.
La gota tiembla como una predestinación a su suerte de salto inminente. La respiración se me esconde entre el silencio y la quietud de mi mudez. Mis ojos se aferran a sus redondeces transparentes y la saliva surge como un río de lava hirviendo. La gota se adelgaza y se desprende sin remedio del asidero de mis ojos y cae justo en medio de mi lengua desorbitada de frescura.