domingo, 25 de agosto de 2013

CACERÍA

—¡No lo voy a conseguir Sebastian; las piernas ya no me sostienen!  Siento unas puyas filudas que se me ensartan cada vez que asiento una de mis canillas. ¡Y este maldito aire que me atraganta! Lo tengo atorado aquí mismo… ¡Mirá?

—No flaquees ora que más falta nos hace Mateo. Escuchá… la noche se nos viene encima. El guardabarranco ya se echó  a cantar y en aquella nube panzona las lluvias se anuncian copiosas. ¡Un aguacero en este momento sería una bendición! Se borrarían las huellas y esos chuchos  cabrones perderían el rastro y el agüita bendita nos mermaría el cansancio y la sed.

—Si eso llegara a pasar Sebastián, te juro que me tiraría aquí mismo sobre el barro con la boca bien abierta hacia el cielo y me tragaría toda al aguada. ¡Pero qué va!  Ya me harté de mi propia saliva y no hay manera de que se me quite la sed.

—No pensés en eso Mateo y apresuremos el paso porque se nos acercan. Su vaho calienta mi nuca y los escalofríos ya me están atenazando el espinazo.

¡Miren muchá. Los chuchos ya olieron a esos cabrones!

—¡Suéltenlos!

—Pistacho! ¡Cardiacha! ¡Hagan pedazos a esos hijos de la GRAN PUTA!...

—Hermano… encomendáte a Diosito porque nomás… aquí se nos acabó todo…

Diciembre 2012.