viernes, 10 de mayo de 2013

ABRIÓ LA MAÑANA CON LOS OJOS NIQUELADOS DE ESTUPOR

Abrió la mañana con los ojos niquelados de estupor por los sueños que la habían sumergido en aguas turbulentas e insondables.
Su vientre mariposeaba herido por los deseos satisfechos.
Los besos le tatuaban el cuerpo como pecados frescos, deleitándole todos los sentidos.
Se recreó con las sensaciones vividas.
                                               Las rememoró largamente.
Con los ojos cerrados. Con los ojos abiertos. A media luz. A sol entero derramándose a sus anchas por sus riberas vírgenes todavía.
Desayunó gloria y pan tostado con mantequilla y la sintió derretirse entre su lengua y su paladar, como un sortilegio de ansias y luz.
Se ruborizó por la alegría de su cuerpo abierto. Explayado. Propuesto y dispuesto al descubrimiento.
Se sedujo ante el espejo con la iridiscencia del nacimiento todavía tímido de sus pechos y la felicidad en pleno se derramó sin consideración en su rostro.

  La luz migró del asombro al estupor
 en un festín floreciente de aspavientos…
de rutas perdidas que arrastraban transparencias
de cangrejos y botellas mensajeras.

 Azotaron sus ojos las dunas,
las promesas
 y los vuelos de las águilas que raudas y veloces
atrapaban el espacio entre sus brazos...


Se vistió rápidamente con el uniforme a cuadros. Estiró las calcetas sobre sus piernas niñas todavía y estrellando su reflejo con una última mirada en el espejo, emprendió la carrera para llegar a tiempo a la escuela y a su infaltable cita con la vida.