martes, 25 de noviembre de 2014

LA NOCHE QUE PERDI EL PUDOR

Mis ojos no sabían hacia donde ver. Tenía los sentimientos descolocados. Una extraña mezcla de pudor, curiosidad, sorpresa, incredulidad, interés y miedo, mariposeaba en mi estómago.
Me aferré en cuerpo y alma a José Luis. Sabía que él era mi salvación. La única persona que me protegería de esa homosexualidad desbordante y desbordada en manoseos, asaltos de ojos y manos, exposiciones abiertas, besos enlengüetados, miradas descaradas desvistiendo los cuerpos ya de por si desnudos.
No había ninguna duda de que estaba en el lugar equivocado.
Esta era mi primera vez y mi procedencia conservadora y alineada inflexiblemente a la rectitud y a la moral, no me ayudaba gran cosa en esta situación tan particular.
Era 1994 y como una novata con ínfulas de grandeza viajé a Costa Rica.
Pude haberme rehusado, pero no quise correr el riesgo de perder mi primer trabajo como periodista. Necesitaba hacer esta cobertura y dejar los prejuicios a un lado. Hacer este reportaje sería como agarrar al toro por los cuernos.
Según yo, en Guatemala se habían quedado mis conservadurismos y miedos. Mi juventud explotaba de entusiasmo y curiosidad. Estaba ávida por conocer acerca del VIH, una especie de enfermedad de la cual en mi círculo se hablaba con un halo de secretismo pecaminoso y malsana curiosidad. El interés y la morbosidad se exacerbaban amalgamándose con miedo, vergüenza y prohibiciones. 
El primer caso de Sida del cual tuve conocimiento fue el de mi súper elegante maestro de Semiología. La inteligencia le brillaba en el rostro. Tenía varias maestrías y doctorados por las mejores Universidades de Europa. Era una lumbrera que nos apabullaba con su brío, con sus saberes y con su encanto para transmitirnos los conocimientos.
Algunas veces cuando cierro los ojos puedo ver su figura elegante y amaneradamente vestida siempre de negro. Las cuerinas, pieles y gamuzas eran sus texturas favoritas. Un bastón con puntera dorada y una estilizada serpiente enrollada en la empuñadura, sostenía su paso revistiéndolo de una elegancia particular. Sus ojillos, los de la serpiente, eran dos rubís menuditos y refulgentes.
Nunca me percaté del deterioro de su salud ni fui capaz de ver su desmoronamiento. Estúpidamente creí que el exceso de maquillaje y su extremo adelgazamiento obedecían a su coquetería habitual.
La última vez que lo vi con vida fue durante el examen de cierre de curso.
De los sesenta estudiantes de la clase solo seis logramos acumular suficiente zona para presentar el examen. Esa noche el doctor Peña llegó impecable como siempre, invadiendo nuestras narices con sus perfumes franceses. Nos recorrió con su mirada sagaz de un extremo a otro del amplio salón. Dio algunos pasos desbordando elegancia y estilo de pasarela y con una voz gruesa y varonil que exponía abiertamente una dicción perfecta, dijo con satisfacción:
—Señores, aquí tenemos a la nata de la nata.
Sus palabras me acariciaron y aprisionaron por igual el corazón. La prueba era definitiva. Si perdía este examen perdería también mi beca. El nivel de exigencia de este ilustre e ilustrado profesor, no era coherente con la deficiente formación pública que arrastrábamos durante más de una década. No obstante, sacrificando fines de semana, horas de sueño y repasando constantemente sus complejas teorías acerca de la semiología, yo tenía una pequeña posibilidad de ganar. Mi esfuerzo de concentración durante esas dos largas horas fue sobre humano logrando sacar la nota más alta de ese curso, pero la más baja de toda mi historia profesional.
Pocos meses después me enteré de su muerte. Sorprendida y dolida por la noticia y por los comentarios hirientes y sarcásticos que se hacían acerca de su homosexualidad y del precio que “por hueco pagó”, acudí a su sepelio. Durante el recorrido de la capilla al cementerio los aromas franceses se escapaban discretamente por las rendijas del ataúd.
Éste fue el primer caso de impacto en nuestro país y como pólvora encendida, la aversión hacia la homosexualidad creció alimentada por rumores y por comentarios maledicentes.
Cuando me ofrecieron la oportunidad de hacer un reportaje sobre el VIH y la homosexualidad no lo pensé demasiado. Realicé algunas entrevistas e investigué acuciosamente acerca del sida, llegando a la conclusión que era un tema que había que dar a conocer para romper esa imagen de inmoralidad, secretismo y descalificación con que se estaba tratando.
Y  por eso estaba allí, en el club gay más efervescente del país centroamericano. La música vibraba con estruendo indescifrable. Parecía brotar de las paredes, del piso y del techo. Era atronadora. Las voces no hablaban. Eran los cuerpos quienes exaltados lo decían todo. Se hacían comprender con roces acariciadores y lujuriosos, caricias inquisidoras desbordando una explosión de ojos, lenguas y vergas. Besos conquistando posibles entregas. Avances incontenibles hacia el placer. Desborde inminente de fluidos de todo tipo. Aromas y humores indescriptibles, viriles hasta el paroxismo.
Yo seguía aferrada a José Luis en cuerpo y alma. Él era mi ancla y mi salvación. El oasis heterosexual que resguardaba mi propia heterosexualidad. No tuve prejuicios cuando mi brazo en su espalda despertó en él necesidades urgentes propiciadas tal vez por mi cercanía y por ese ambiente orgiástico desenfadado pringado con lengüetazos de pasión.
—Pellízcame y muerde mi cuello —me dijo al oído seduciéndome con esa voz gruesa y acariciadora que me gustaba tanto.
No opuse ninguna resistencia y recorrí obedientemente con mi lengua su cuello, mordisqueé  su oreja y me detuve largamente en su manzana de Adán, esa leve protuberancia que es irresistible a mis ojos y a mis ganas de lamer y succionar. Me negué a su boca mientras sentía sus manos agarrando mis pechos y su falo surgiendo poderoso y dominante, encaminándose directo a mi entrepierna.
Su boca de nuevo me buscó. Su boca me exigió. Y su boca debilitó mis fortalezas y se posesionó de mis sentidos. Sus manos desplegaban creatividad, convicción y sabiduría para causarme placer. Pero mis ojos no podían cerrarse ni desprenderse de ese escenario surrealista en donde unos mil quinientos hombres hermosos se apeñuscaban y exponían sus músculos y apéndices golosos, fálicos y abiertamente propositivos.
Mi lucha era demoledora.
Por un lado yo había perdido el pudor y quería entregarme a esas sensaciones que me quemaban la piel y por el otro no podía desprenderme del profesionalismo que me instaba a cumplir con mi papel de reportera. Prevaleció el profesionalismo y pesarosa me desprendí de José Luis deseando muy dentro de mí, que esta pasión no fuera producto de esta situación particular y que al volver a nuestros roles de periodista y fotógrafo, la llama encendida tomara más fuerza.
Mi reportaje fue un éxito total, recibí la felicitación de mis jefes inmediatos y una extensión de mi contrato, también una reprimenda de mi padre por estar visitando esos lugares, pero a pesar de ello, puedo asegurar que la experiencia de esa noche no tiene comparación con ninguna otra que haya vivido hasta ahora.