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Fotografía: Araminta Gálvez |
Con su aliento de parra, el génesis multiplicó las
manzanas en mi boca y Prometeo me entregó el fuego del
conocimiento de tus ojos.
Las libélulas se amotinaron con la luz de las
luciérnagas espantando la noche. Las piedras hablaron con certezas de siglos tallados en el aire. Descendió la canción
hecha cenizas sobre el fogón apagado con silencio y olvido. Mutó de tu boca la risa convirtiéndose en una mueca del hastío agotado de sí
mismo.
El sexo se entregó sin renuncias al placer de las caricias y el
caleidoscopio jugó al escondite con mis ojos arrobados de colores. El espejo protagonizó una orgía de reflejos
ensordecedores de luz.
Colapsó la mirada en la cumbre del clima que desperdigó primaveras y otoños en el regazo del invierno y en las suelas
descascaradas del verano agotado de sol.
La brújula me orientó al sur y
allí escondí mis instintos maternales y desnudé de prejuicios el inexpugnable
horizonte de tus ojos
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