Manola orinó abundantemente en el excusado arrinconado
en una esquina de su habitación, imaginando por milésima vez, que junto al agua
arremolinada que escapaba por el sifón se iba también ¡Gracias a Dios! la
miseria de su vida.
Ese minúsculo espacio se había convertido en su
santuario y su cadalso.
Su desnudez allí no era vista, ni mancillada, ni
injuriada por nadie. Era su momento santo de intimidad y desconsuelo.
Tomó una toallita húmeda y lavó con ella suavemente su
pubis en un intento de compensarle por las abatidas inhumanas y golosas a que
constantemente era sometido.
Revisó mecánicamente su imagen en el espejo de cuerpo
entero.
Colocó desodorante en sus axilas y un chicle en la
boca. Masticarlo la aislaba de los hombres que ya fuera abajo o encima de ella,
le exigían placer a cambio de unos billetes que casi nunca llegaban a sus
manos.
El trabajo constante de sus mandíbulas masticando una
goma sin sabor y sin esperanza, también la aislaba de esa habitación de paso,
de la ciudad, de su vida, del mundo y algunas veces hasta de su vergüenza.
Se vistió con la bata de transparencias que en lugar
de cubrir sus desnudeces las exponía más.
Su cuarto de hora estaba por terminar.
La inquietud por saber qué tipo de hombre encabezaba
la fila en el pasillo ya no le importaba. Su cuerpo, a excepción de esos quince
minutos entre cogida y cogida ya no le pertenecía. Sus ojos se negaron esta vez
a ver la fotita de Fernandito que desde la pared, le miraba con esos ojitos
inundados de preguntas nunca dichas.
No podía descomponerse ahora. Tal vez más tarde,
cuando su cuota estuviera cubierta podría verlo a la cara para reanudarle sus
promesas de luchar para zafarse de su mala suerte y del cabrón del Secundino
que la exprimía a más no poder.
Se recompuso de esos pensamientos al sentir los golpes
imperativos en la puerta.
¡Puta a trabajar, que el tiempo me cuesta dinero!—, Manola escuchó esas palabra de la
boca de Secundino y pensó que expulsaba sapos y culebras.
![]() |
Dibujo de Araminta Gálvez. Lápiz sobre papel fotográfico |
Abrió la puerta y no pudo evitar un estremecimiento
cuando el manoseo descarnado del hombre se concretó esta vez en sus pechos
indefensos y frágilmente expuestos. Abrazó amorosamente uno de sus pechos como
si en eso le fuera la vida.
Sobre el camastro cubierto con una sabana apabullada
con flores sin color, un hombre se desabotonaba el pantalón mientras un
abultamiento empezaba a gestarse.
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